31 diciembre, 2016

Fin de año.

El año comenzó de la misma manera que está a punto de acabar: los dos, acompañando a nuestros enanos maravillosos...






Breaking Bad.


Walt: todo lo que hice...tienes que entender...

Skyler: si tengo que volver a oír...una vez más...que hiciste esto por la familia...

Walt: lo hice por mí. Me gustaba. Se me daba bien. Y...estaba...de verdad...Estaba vivo.

Skyler: Flynn volverá pronto.

Walt: antes de irme...¿puedo verla?


Walt: hazlo. Quieres hacerlo.

Jesse: dilo, ¡Di que quieres que pase! No pasará nada hasta que no te oiga decirlo.

Walt: quiero que pase.

Jesse: pues hazlo tú mismo.


Maga. Silencio.


26 diciembre, 2016

Epístola apócrifa de San Carlos Borromeo.


El texto que sigue a continuación, ha sido extraído del libro de ENRIQUE MARTÍNEZ REGUERA (2016) “Relatos breves con espoleta”. Madrid. Editorial Popular:

En un barrio periférico de Madrid existe una parroquia, a la que hace unos años la autoridad eclesiástica le arrancó los galones. No obstante, sigue consagrada a mí que soy San Carlos Borromeo.
Tal vez el lector de esta misiva ignore que San Carlos Borromeo, o sea, yo mismo que os dedico esta pastoral, fui proclamado Santo Patrono de la Banca y de la Bolsa, cuando aún, una y otra, ignoraban los “milagros” financieros que habrían de obrar.
Es de advertir que los parroquianos de tan insólito templo son muy dados a organizar devotas asambleas y liturgias desenfadadas.
Por eso un veinte de noviembre, en el que se celebraba el Día Mundial de la Infancia, organizaron una sarta de prédicas bien hilvanadas, con el propósito de reflexionar sobre el calvario que para muchos chiquillos acarrea la extrema indigencia de sus papás.
Y hete aquí a la muchedumbre de ese suburbio madrileño, postrada ante mi imagen de escayola, la imagen del Arzobispo Borromeo, elucubrando la fórmula adecuada para congraciarse con el dinero:
Que si para el pan de nuestros hijos lo necesitamos, que si para el recibo de la luz nos urgen también, que ojalá cayese del cielo como dicen que ocurrió con el maná en el desierto, que si el Becerro de Oro por aquí, que si el oro del becerro por allá.

Diréis que fue efecto del letargo al calor del aprisco, pero cuando mis parroquianos miraron hacia la imagen que preside la asamblea, en mi rostro de escayola percibieron reproches muy ceñudos:
¡Que no, que no, que no os enteráis!, que os creéis los más pobres porque carecéis de dinero.
Para pobres, los otros, los que chapotean en la abundancia pero carecen de todo lo demás.
Mirad lo “pobrecitos” que serán que, por no tener, ni diminutivo cariñoso tienen, o ¿habéis oído alguna vez que les llamen “riquecitos”? Sobre ellos es sobre los que la Santa Madre Iglesia me encomendó ejercer patronazgo y con sobrada razón.
Ellos sí que padecen desdichas. Les veis tan orondos y aparentes, pero carecen de todo lo esencial: de intimar con la gente; de relaciones desinteresadas; de saber meterse en la piel de los demás para sentir en común y compartir gozos y penurias.
Y el caso es que en el cielo sabemos que no son malos ¡qué va!, lo que pasa es que no se dan cuenta, que no acaban de enterarse.
Por mi báculo y mi aureola os juro que no lo puedo entender, ¿cómo es posible que los psiquiatras y psicólogos de ahí abajo, aún no hayan incluido en alguno de sus sesudos vademécum, ese síndrome de estar podridos de dinero y seguir ansiando más y más?, ¿les parecerá que tan descabellado trastorno, es lo normal?
Con lo razonable que sería hacer con ellos lo que hacen con otra mucha gente: incluirles entre los grupos de riesgo.
Cómo es posible que aún no hayan promulgado la Ley de Protección Jurídica del Menor Adinerado, para que las asistentes sociales husmeen en sus casas y les pasen cuestionarios y redacten alegatos de todo lo que ven. Y si necesario fuere propongan al juez la retirada de tutela de sus hijos, que sin duda estarán corriendo el riesgo de salir a sus mayores.
Decidme si es que en todo el país hay un solo centro de esos que llaman terapéuticos, en el que les atiborren de pastillas para enderezarles y reinsertarles, como hacen con quienes no son de su abolengo.
En resumidas cuentas, mis queridos feligreses: sobradamente sé que en los barrios del sur carecéis de dinero, pero ¿acaso carecéis de lo demás, de salud, laboriosidad, coraje?
Dejad de profesar tan ciega fe en la omnipotencia de los cuartos y aprender a disfrutar de lo mucho que tenéis.
Ojalá no os esté ocurriendo ya lo que al zorro de la fábula, para quien las uvas estaban verdes porque no las alcanzaba.
Alardead menos de lo pobres y honestos que sois, mientras haya quien camina descalzo a vuestro lado.
Ni es con reproches como habréis de convencer a los codiciosos. Dejad que se hostiguen entre ellos como ya lo hacen. Y sentid lástima de su tan regalada como insatisfecha codicia.
Prestadme oídos, porque si vosotros no lo hacéis, ¿cómo podría yo ayudaros desde el cielo?
Que esta amonestación ilumine vuestro caletre y vuestros corazones.

Dado en Madrid a 20 de noviembre del año en curso. Firmado, San Carlos Borromeo, Arzobispo de Milán. Patrono de la Banca y de la Bolsa.

17 diciembre, 2016

El Oráculo.



No recuerdo que ningún profesional del colegio, me preguntase cuáles eran mis gustos, aficiones, preferencias e intereses –tampoco le preguntaron a mi familia-. No se me daba bien lo académico –era evidente-, pero: ¿dónde estaba el problema? Mis padres se negaron a asumir la predicción del Oráculo –y con el tiempo, pudimos demostrar la inutilidad de aquel papel y su asombrosa intención para encasillar y etiquetar a un chiquillo, por entonces, perdido-. Sin ánimo de despreciar la profesión de pintor de coches (la de mi padre) o la de electricista (algún que otro amigo o conocido). Lo que estaba en juego era el mantenerse con la cabeza erguida y el no renunciar a la capacidad de decidir –y de participar- en la construcción de mi futuro…Mis padres sencillamente dijeron: no, al fatídico Oráculo. Por esta razón, siempre les estaré eternamente agradecido. A partir de aquella decisión trascendental, comenzó todo…
La fotografía de arriba muestra el Oráculo que logramos tumbar con mucho esfuerzo, alegría y dedicación.