04 octubre, 2016

Someter a escrutinio nuestra propia mentalidad.


Para entender y acercarnos a los problemas de la infancia vulnerada o de la adolescencia “inadaptada” exige en primer lugar revisar nuestra mentalidad. Son numerosas las personas que, después de haber convivido con la infancia vulnerada, han llegado a conclusiones como las siguientes. Enrique Martínez Reguera, sostiene que:
los muchachos – que otros estigmatizan tan alegremente como “inadaptados”- son solamente personas que, por sus condiciones de vida, adoptan formas de comportamiento socialmente no aceptables. O más exactamente, aceptan aquellas formas de conducta que les son inculcadas y por las que sin embargo van a ser repudiados. Existiendo un sector dominante que margina y castiga al sector más vulnerable”.
Se requiere una profunda transformación personal para poder entender lo que puede ocurrir con los niños que no mamaron seguridad, ni suficiente calidad de vida, ni solidaridad, satisfacciones, ni ternura. Reguera, a raíz de lo anterior, se pregunta:
¿Podrán extrañarnos sus reacciones ansiosas e intolerantes? ¿Cómo podría legitimarse una sociedad que pretende segar donde no ha sembrado?, una sociedad que afirma sin empacho que la ignorancia no excluye de la ley”.
Se requiere de una revisión de nuestros valores -o una restitución de valores- que, como personas, tenemos que hacer, con el fin de no alarmarnos cuando un chico que lleva 16 años sin hacer la cama es incapaz o le cuesta mantener la rutina de hacer su cama y mantener su cuarto ordenado. O cuando simplemente nos miente un chico sin que acertemos a descubrir que se trata de un mecanismo de defensa. O, igualmente necesitamos de una revisión de valores para que nuestra mentalidad pueda comprender que, cuando un chico vive el día a día con total despreocupación acerca de su futuro a medio y largo plazo, es debido a que ha sido mal educado y se ha empapado de identidades negativas. No podemos segar donde no hemos sembrado. No podemos exigir responsabilidad, allí donde no la hemos generado.
Por eso los muchachos explotados son inmediatistas, por empobrecimiento de su esperanza. Les sería necesario saber simbolizar, sustituir la satisfacción por símbolos precursores, pero para eso es preciso tener seguridad y garantías de futuro. Y las garantías que realmente el futuro les ofrece son bien escasas e improbables. Cuando tiramos una piedra sigue una línea hacia delante, un trayecto según el proyecto que nuestro impulso le haya marcado. La persona que no sabe “anticiparse” con la imaginación, pierde toda proyección hacia delante. Y no tener proyecto es crecer sin una trayectoria estable, disolver el proceso de identificación”.
Si pretendemos resultar mínimamente significativos a los chicos con los que nos relacionamos, tendremos que someter a una crítica profunda nuestra visión del mundo y, en concreto, del mundo de la infancia vulnerada. Creo que sólo así estaremos en el camino de poder vivir certezas como las de Enrique Martínez Reguera:
Por eso los muchachos explotados, tan inestables e inseguros en el fondo como empecinados y arrogantes en la forma, tan impotentes en su convicción como prepotentes en su apariencia, tienen serios problemas de identidad”. 

Bibliografía.

 MARTINEZ REGUERA (2002) “Cachorros de nadie”. Madrid. Editorial Popular.

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