27 julio, 2016

El Rajoy al que hasta yo no tendría que apoyar.


Cuando, de causalidad, llegó a mis manos la Carta del director firmada por Pedro J. Ramírez -El Rajoy al que hasta yo tendría que apoyar-, lo primero que pensé fue: ¡hasta en la ficción estamos perdiendo la ambición! -también he de decir que unas personas más que otras-.

Lo primero que me llamó la atención de la carta fue lo siguiente:

“Segundo: un proyecto de reforma tributaria encaminado a impulsar la economía y corregir las desigualdades sin esquilmar a la clase media asalariada, pero convirtiendo la lucha contra el fraude en un objetivo nacional”.

¿Acaso es posible corregir las desigualdades sin cuestionar de dónde procede la riqueza material de parte de esa clase media asalariada? Es decir, sin cuestionar el origen de esa riqueza material de la que disfruta parte de la clase media, ¿no estaríamos cronificando la desigualdad y la pobreza? Parece que se ha normalizado la pobreza hasta tal punto de convertir en legítimo el hecho de que parte de la clase media conserve sus bienes materiales -aún a costa de los pobres que parecen generarla-. Veamos:

El texto que sigue ha sido extraído del libro de ENRIQUE MARTÍNEZ REGUERA (2015) “Manifiesto personal contra el Sistema”. Madrid. Popular.

El texto entrecomillado que sigue, lo tomo de su autor Íñigo Ortiz de Mendíbil y Zorrila:
“Nos hicieron creer que éramos clase media y no lo que realmente hemos sido siempre: clase trabajadora. Con halagos así, fueron desmontando los movimientos sociales, reivindicativos y solidarios. Se apelaba una y otra vez al Estado del Bienestar y al Estado de Derecho, pero escondiendo bajo la alfombra un 20% de excluidos. Para los que supuestamente habían previsto destinar subvenciones. Pero luego resultó que para los excluidos, ni las calderillas. Porque quien realmente fue subvencionada fue la población con estudios, la clase media. Somos la `Clase Media Subvencionada´ porque somos los receptores directos de los dineros asignados para la exclusión social. Tanto es así, que las propias subvenciones nos obligan a aplicar un 80% de las mismas a financiar a los ´profesionales´.
Ya está bien de hablar de los excluidos, para sacar tajada a espalda de los excluidos. Permitidme una ocurrencia: si Cristiano y Messi generan unos ingresos alucinantes al Madrid y al Barcelona, es lógico que también ellos tengan unas fichas o ingresos millonarios. Pues bien, si los excluidos sociales generan la totalidad de los ingresos de los ´profesionales´dedicados a ellos, también debieran percibir como ingresos netos, una parte de los recursos, en concepto de cuotas de participación...En vez de atiborrarlos de estúpidos cursillos sobre habilidades sociales o resolución de conflictos”.

No habría podido llegar la clase media a donde acabamos de referir, si desde los 80 la población no hubiera sido objeto de un lavado de cerebro para vaciarnos de interioridad y reducir a mínimos nuestra condición de personas.


La esclavitud consistió siempre en eso, en deshumanizar y cosificar personas.

Fin de la cita.

Por lo tanto, parece que ni en la ficción, Pedro J. Ramírez es capaz de proponer un verdadero pacto de Estado sobre la pobreza. Yo no pretendo esquilmar a la clase media pero sobre todo, no quiero continuar explotando a ese 20% de personas excluidas que generan riqueza material -la cual, no está destinada a ellas-.

No es mi intención cargar contra Pedro J. Ramírez pero éste, de alguna manera, es consciente -ha de serlo- de lo que propone. Si en la actualidad no existe -o ha sido vetado-, en los grandes medios de comunicación, un debate profundo acerca del origen de las actuales desigualdades, responde a algo premeditado y tendencioso. El debate acerca de una parte de la clase media no es únicamente el cuestionar la legimitidad o no de las condiciones materiales que supuestamente le pertenecen. Es más profundo aún, se trataría de ocultar con malicia, algunas de su probables funciones. Veamos:

El texto que sigue ha sido extraído del libro de ENRIQUE MARTÍNEZ REGUERA (2015) “Manifiesto personal contra el Sistema”. Madrid. Popular.

Recientemente comenté en la Universidad, a un grupo de estudiantes y graduados de trabajo social y psicología:
“La mayoría de vosotros, en mi época, encontraríais empleo al acabar los estudios; meses después alquilaríais una vivienda con opción de compra y empezaríais a pensar en crear vuestra propia familia.
Tal vez porque estamos reunidos en un aula universitario os sigáis imaginando así, gentes de clase media; pero la mayoría de vosotros ya no lo sois, porque el paro os está empujando hacia la pobreza.
Miraos unos a otros. Al acabar los estudios, la mitad de entre vosotros no encontrará trabajo ni vivienda ni forma alguna de independizarse.
La otra mitad frenará ese resbalón hacia la indigencia, en la medida en que entre a prestar incondicionales servicios en alguna Empresa o en alguna ONG subvencionadas. El llamado Tercer Sector: un colectivo amamantado con subvenciones, que si obedece con instinto canino recibirá el sustento diario; y si no, será arrojado a las tinieblas exteriores, al famélico vertedero del desempleo.
La labor de muchos de vosotros ya no tendrá nada que ver con vuestra preparación ni vuestro específico ejercicio profesional, sino que simple y llanamente prestaréis labores de control social sobre los desposeídos. Entre los que ya se encontrará la otra mitad de vuestros compañeros.

Estricto y riguroso control social de carácter intimidatorio, para evitar que los pobres se vuelvan levantiscos. Lo que en la época de Franco desempeñaba la llamada “brigada social” y el “auxilio social”; lo que en otras dictaduras desempeñó el comisariado político. Dará lo mismo que dispongáis de títulos de licenciado o doctor; de educador, psicólogo, sociólogo, antropólogo o filósofo. Porque no se os dará empleo para ejercer de lo que sabéis y para lo que os habéis preparado; sino para servir de ojos y oídos al Sistema”.

Fin de la cita.

Ese “prestaréis labores de control social sobre los desposeídos” es rigurosamente obligatorio ocultarlo a toda costa. La razón: lo contrario a ese control social, probablemente nos pondría en el camino para poder superar, con ciertas garantías, las desigualdades sociales. Cuando ese debate se difunda desde los poderosos medios de comunicación -ya lo sé, soñar es gratis-, poco a poco, iremos comprendiendo, por ejemplo, que existe un reparto injusto de las condiciones materiales. Esas condiciones materiales que convierten a unas personas en aventajadas del sistema financiero (al facilitarle el acceso a bienes, servicios y derechos básicos) y a otras, en cambio, la negación de la porción del pastel les conducen al vertedero de la pobreza -eso sí, siendo cosificadas y explotadas-.


A Pedro J. Ramírez, por lo tanto, le ha faltado ambición así como prestarle un poquito más de atención al origen de problemas tremendamente graves -con el fin de no repetir viejas fórmulas ya fracasadas-. Esa falta de ambición ha provocado que, tampoco en la ficción, pueda proponer un verdadero pacto de Estado sobre la pobreza. He de decir también que, me hubiese gustado leer en su carta una solución o una propuesta para hacer frente “a las dos castas de infancia” que hay en Occidente. Es decir, una reflexión acerca de la necesaria reforma del sistema de protección de menores. Aunque despreciando en su carta a una de las fuerzas políticas (IU o para ser más exactos IU-Aragón), que, curiosamente, ha abierto el debate acerca de lo que comento, era lógico que Pedro J. Ramírez  no reparase en dicho debate (pinchar aquí).