25 julio, 2016

El mundo peculiar de Pérez-Reverte.


Una persona a la que admiro y aprecio mucho, sin pretenderlo me ha conducido hasta un artículo de Pérez-Reverte. Mi amiga no simpatiza con el académico. Yo, tampoco. Y tenemos sobrados motivos. Los principales: afortunadamente, hay miles de libros y artículos que todavía nos esperan; también, afortunadamente, están escritos por otras personas. Todo es comprensible: también las memeces que escribe, en ocasiones, Pérez-Reverte. Escribir bien, saber escribir, responde a un tipo de inteligencia. En Mujeres como las de antes (Patente de corso, Mujeres como las de antes, El Semanal, 22/7/2007), encontramos un artículo bien escrito. También encontramos -algunas personas- machismo, misoginia y mala leche:
“Entre una cita de Shakespeare y otra de Henry James, o de uno de ésos, Javier mira al frente con el radar de adquisición de objetivos haciendo bip-bip-bip, yo sigo la dirección de sus ojos que me dicen no he querido saber pero he sabido, y se nos cruza una rubia de buena cara y mejor figura, vestida de negro y con zapatos de tacón, que camina arqueando las piernas, toc, toc, con tan poca gracia que es como para, piadosamente -¿acaso no se mata a los caballos?-, abatirla de un escopetazo”.
La inteligencia a Pérez-Reverte, en este caso, le da para escribir párrafos como el anterior: gramaticalmente, correctos. En cuanto a su contenido: nauseabuendo. Como todo -o casi todo- es comprensible, probablemente cientos de sus lectores fieles tratarían de justificar al académico Reverte: que si no entendemos en realidad lo que quiere decir, que si Pérez-Reverte no mataría ni a una hormiga, etcétera. Cuando en realidad, a lo mejor, lo que no logran entender esos fieles lectores es lo siguiente: en ese artículo, Pérez-Reverte, una vez más, no genera identidades positivas. 
En cuanto me encuentre con mi amiga le desvelaré mi antídoto anti-Pérez-Reverte de carne y hueso, el de verdad, el que se regala así mismo la patente de corso para soltar, de vez en cuando, memeces y sandeces. El antídoto es recurrir a la ficción. Curiosamente, el Pérez-Reverte de la ficción es capaz de sacarme unas carcajadas. Pero, por favor, no me saques de la ficción...