24 marzo, 2015

La isla mínima.

En La isla mínima (Alberto Rodríguez, 2014), aparece un fardo de heroína de un kilogramo. La persona que se encuentra el fardo está en serios apuros: los propietarios quieren recuperar la droga a toda costa. En un diálogo breve pero brillante, la persona que se encuentra el fardo de heroína le pregunta al policía: ¿sabes lo que es? Se está refiriendo a la heroína y, al espectador desprevenido, le podría parecer una pregunta estúpida. Hay que pensar que -en la película-estamos en 1980 y todavía desconocíamos qué o quién era “la dama blanca” y el genocidio que se iba a desatar.
Los policías -¿los buenos?- necesitan pruebas para resolver su caso. Los narcos -¿los malos?- necesitan el puntal del río libre para introducir la heroína. La moneda de cambio: la salud y bienestar de miles de jóvenes y de sus familias.

23 marzo, 2015

¿TDA o TDAH?

Hace tiempo recibí una formación. El chico, en un momento de su intervención, nos contó lo siguiente: tenéis que pensar que un niño con TDA -trastorno de déficit de atención- o con TDAH --trastorno de déficit de atención con hiperactividad- es como si tuviese un “panal de abejas” encima de su cabeza. Lo que mantuvo en la sombra, fue la agitación del “panal”, es decir, quién o qué era el responsable de poner a las “abejas” en contra del niño desprotegido. Conclusión: no nos habló de que el niño se aburría en clase, ya que, tenía que pasar horas y horas sentado -no nos habló de la hipocresía que mantiene vivo un sistema educativo obsoleto-; tampoco nos habló de ese sistema público de Salud al servicio de la industria farmacológica; y mucho menos nos habló del invento del TDA o del TDAH y de las anfetaminas que prescriben a los zagales para controlar sus voluntades.

21 marzo, 2015

La trampa.


Enrique Martínez Reguera –filósofo- viene a decir -en los años 80 del siglo pasado- que: en una sociedad en la que la principal fuente de sustento es el trabajo, condenar a parte de su población a no tenerlo es aberrante. No es precisamente el trabajo lo que defiende Reguera, más bien la necesidad de supervivencia –que todo ser vivo, tiene-. Hace poco escuché una entrevista en la que a Reguera le preguntaban si él justificaba un trabajo como el de carcelero con el fin de pagar a fin de mes el agua, la luz, la hipoteca…Reguera respondía diciendo que era respetable tener un trabajo así -especialmente en los tiempos que corren en los que difícilmente puedes elegir dónde trabajar-. Justificaba su respuesta recurriendo a la necesidad de sobrevivir en esta jungla –“civilizada”-. Reguera no hablaba de derechos, hablaba de necesidades fisiológicas: ese educador –que en realidad realiza funciones coercitivas y carcelarias- tiene que sobrevivir y con él, su prole. La segunda parte de su respuesta era la más interesante -y extensible a todas las profesiones-: Reguera venía a decir que no había que creerse que uno es carcelario. Es decir, la persona con un trabajo horrible, tenía que sincerarse con el chaval y explicarle la trampa –ratonera- en la que ambos estaban metidos. El tutor policía –con contrato de educador- necesitaba el dinero para garantizar su supervivencia. Y el chico necesitaba a un adulto que le hiciese más grato su paso por la cárcel de chavales -así como explicarle que él no era culpable de soportar las miserias de una sociedad embrutecida física y moralmente-. De esta manera, el adulto tenía que ser ingenioso y entero–no valiente-. A los últimos, a los valientes, los acaban despidiendo de los trabajos poniendo en riesgo la supervivencia personal y familiar-. En definitiva, el adulto tenía que hacer lo posible para agradar al chico. Probablemente, habría días en los que el adulto no pudiese hacer nada por el chiquillo pero siempre había que generar esperanza: “hoy no he podido hacer nada por ti, mañana probablemente tampoco….pero no te preocupes, cuando salgas ya sabes dónde vivo”. En definitiva, ser un esclavo genuino de nuestro tiempo pero humano y con la capacidad de generar espacios de encuentro, generar esperanza pese a vivir en una sociedad aberrante. 


20 marzo, 2015

Consejos prácticos para toda persona detenida.

Consejos prácticos para toda persona detenida
1. Regla de oro: en comisaría, ¡no declares! Para evitar meter la pata es mejor no declarar nada hasta llegar al Juzgado donde ya podrás ver toda la documentación relativa a la detención, incluyendo el atestado.
2. Apréndete el nombre y apellidos de un/a abogado/a de confianza, alguien que sepas que defenderá tus intereses adecuadamente. Si no conoces a ninguno/a, pregunta a tus amistades.
3. Habla previamente con tus amigos/as y explícales qué quieres que hagan en caso de detención: a quién han de avisar, a quién no, si han de llamar a tu centro de trabajo e inventarse una excusa o no, etc. Ten en cuenta que la detención puede durar hasta 72 horas y alguien tendrá que gestionar tus asuntos en tu ausencia.
4. No firmes nada sin leerlo previamente. Por ejemplo, cuando la policía reseña los efectos personales que te han intervenido, no firmes la lista sin verificar que te han añadido algún objeto que no te pertenece. Tampoco toques ningún objeto que te ofrezcan.
5. Niégate a proporcionar muestras de tu ADN (como saliva) sin el asesoramiento previo de tu abogado/a.
6. No hables, ni declares, ante los agentes, ni ante nadie, sobre los hechos relativos a la detención, y menos sin la presencia de tu abogado/a. Por mucho que te digan lo contrario, cualquier declaración sin su asistencia es ilegal.
6. Si te encuentras mal o has sido agredido/a, solicita ser reconocido por un facultativo médico. Incluso si no has sufrido ningún abuso o agresión, puedes solicitarlo, para que conste que no tenías lesiones al inicio del proceso (por si posteriormente recibes algún golpe).
De lo que se trata es de mantener la calma. Las horas de detención son muy críticas y lo que ocurra en ellas afecta al resto del procedimiento penal (el cual se prolonga durante meses después de la detención que lo inicia todo), por lo que hay que hacerlo todo bien. No podemos dejar que la rabia, las ganas de salir, la frustración y la indignación nos jueguen malas pasadas. Ten claras las ideas básicas y contribuye a construir una cultura de seguridad.

13 marzo, 2015

Someter a escrutinio nuestra propia mentalidad.

Para entender y acercarnos a los problemas de la infancia vulnerada o de la adolescencia “inadaptada” exige en primer lugar revisar nuestra mentalidad. Son numerosas las personas que, después de haber convivido con la infancia vulnerada, han llegado a conclusiones como las siguientes. Enrique Martínez Reguera, sostiene que:
“los muchachos – que otros estigmatizan tan alegremente como “inadaptados”- son solamente personas que, por sus condiciones de vida, adoptan formas de comportamiento socialmente no aceptables. O más exactamente, aceptan aquellas formas de conducta que les son inculcadas y por las que sin embargo van a ser repudiados. Existiendo un sector dominante que margina y castiga al sector más vulnerable”.
Se requiere una profunda transformación personal para poder entender lo que puede ocurrir con los niños que no mamaron seguridad, ni suficiente calidad de vida, ni solidaridad, satisfacciones, ni ternura. Reguera, a raíz de lo anterior, se pregunta:
“¿Podrán extrañarnos sus reacciones ansiosas e intolerantes? ¿Cómo podría legitimarse una sociedad que pretende segar donde no ha sembrado?, una sociedad que afirma sin empacho que la ignorancia no excluye de la ley”.
Se requiere de una revisión de nuestros valores -o una restitución de valores- que, como personas, tenemos que hacer, con el fin de no alarmarnos cuando un chico que lleva 16 años sin hacer la cama es incapaz o le cuesta mantener la rutina de hacer su cama y mantener su cuarto ordenado. O cuando simplemente nos miente un chico sin que acertemos a descubrir que se trata de un mecanismo de defensa. O, igualmente necesitamos de una revisión de valores para que nuestra mentalidad pueda comprender que, cuando un chico vive el día a día con total despreocupación acerca de su futuro a medio y largo plazo, es debido a que ha sido mal educado y se ha empapado de identidades negativas. No podemos segar donde no hemos sembrado. No podemos exigir responsabilidad, allí donde no la hemos generado.
“Por eso los muchachos explotados son inmediatistas, por empobrecimiento de su esperanza. Les sería necesario saber simbolizar, sustituir la satisfacción por símbolos precursores, pero para eso es preciso tener seguridad y garantías de futuro. Y las garantías que realmente el futuro les ofrece son bien escasas e improbables. Cuando tiramos una piedra sigue una línea hacia delante, un trayecto según el proyecto que nuestro impulso le haya marcado. La persona que no sabe “anticiparse” con la imaginación, pierde toda proyección hacia delante. Y no tener proyecto es crecer sin una trayectoria estable, disolver el proceso de identificación”.
Si pretendemos resultar mínimamente significativos a los chicos con los que nos relacionamos, tendremos que someter a una crítica profunda nuestra visión del mundo y, en concreto, del mundo de la infancia vulnerada. Creo que sólo así estaremos en el camino de poder vivir certezas como las de Enrique Martínez Reguera:
“Por eso los muchachos explotados, tan inestables e inseguros en el fondo como empecinados y arrogantes en la forma, tan impotentes en su convicción como prepotentes en su apariencia, tienen serios problemas de identidad”. 

Bibliografía.

 MARTINEZ REGUERA (2002) “Cachorros de nadie”. Madrid. Editorial Popular.

11 marzo, 2015

I Encuentro de Educación Social Cáceres: La Tama.


En la época dorada me llegué a quedar en la calle en alguna ocasión. Se formaban colas para ver a Bogart o Matt Dillon. Si llegabas media hora tarde, en la mejor época, te quedabas en la calle.


De Dillon me acordé el otro día, especialmente, cuando un chico del público vino a decir que: si en casa no “siembran”, por ejemplo, cariño la “planta” no crecerá bien.  


Fue un recuerdo bien traído porque La ley de la calle ha sido de las películas que más me han impresionado -película que fue proyectada en la misma sala en la que hoy nos hemos reunido-.


En aquella época -cuando todavía no existía la filmoteca-, las películas eran presentadas. Al final de las mismas, había coloquios.


La gente que hablaba era cinéfila, eruditos...al menos es lo que yo recuerdo.

  
En este sentido, hoy he estado más a gusto, más satisfecho, sabedor de haber alcanzado uno de los objetivos planteados: dar voz a las personas que sufren las consecuencias del conocimiento que emana de las cátedras, de los libros, del pensamiento erudito, de la prepotencia y de todo aquello que se hace en nombre de la Pedagogía sin contar con la persona necesitada.

  
En fin, he estado feliz por participar en algo tan viejo y sencillo como preguntar al que sabemos en desventaja: ¿qué te pasa, estás bien, cómo te encuentras? Eso sí, había que hacerlo en terreno neutral, en un espacio en el que todas las personas nos sintiésemos cómodos para compartir nuestros sentimientos, vivencias y experiencias.

  
Y lo mejor de todo, para criticar y construir juntos.

  
 Es necesario ahondar en la mirada etílica de Dennis Hopper -la que muestra en la Ley de la calle- porque en ella encontraremos, casi con toda seguridad, las miserias de la sociedad. También, lógicamente, porque esa mirada es el espejo en el que se refleja su prole, la que ha padecido una crianza vulnerada.

  
 Eso es necesario, sin duda. Pero lo realmente importante, es compartir espacios con nuestros iguales. Espacios reales alejados de la ficción. Esto último fue el motivo para encontrarnos el otro día. Y habrá más. La brecha ya está abierta.
  

La Tama: Andrés y yo.