17 abril, 2015

Un resquicio para levantarse.


Nos trasladaron a Puerto de Santa María, a la cúpula de aislamiento, de castigo hermético y absoluto....

En verano se alcanzaban en las celdas los 60 grados de calor, las ventanas eran de metacrilato y por entonces no se abrían, tenían sólo tres pequeñas rendijas a través de las cuales apenas pasaba el aire...
Nosotros llegamos sólo tres y además muy maltrechos; a mí por ejemplo, tuvieron que llevarme en camilla hasta la celda. Pero, normalmente, las conducciones las recibían diez o doce carceleros con porras y barras de hierro, gritando sus órdenes: “¡Contra la pared! ¡Abra las piernas!”. Si no te dabas prisa, te las abrían a patadas, a veces hasta tirarte al suelo. Te cacheaban, te hacían desnudarte y te gritaban que estabas en el Puerto y que allí había que andar marcando el paso. Y que no se te ocurriera decir una palabra. Si te negabas a hacer flexiones, ya la emprendían a porrazos contigo y te metían un parte. A partir de ahí, el acoso y persecución para que hicieras esto o dejaras de hacer aquello eran permanentes.
Texto extraído del libro Un resquicio para levantarse -historia subjetiva del A.P.R.E.-, Javier Ávila Navas. Editorial Imperdible, 2014.

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