26 agosto, 2014

Respuestas policiales a problemas sociales.



La falta de autocrítica puede ser la que motive respuestas policiales a problemas sociales. Pero estas medidas ni son pioneras ni tampoco, novedosas. Sinceramente, no me creo que el problema sea el chico y menos el absentismo escolar. Algo falla y hay que centrar los esfuerzos y las buenas intenciones en otra parte. Sin duda alguna, algo estamos haciendo mal cuando existen tantos equipos multidisciplinares y tanta “buena” voluntad política que no logra resolver los problemas de las personas que necesitan ayuda. 
Es hora de hacer otra lectura: si el niño fracasa no es debido a que porte el “gen de la maldad” –alguna vez he escuchado semejante disparate-. A lo mejor es debido a que los sistemas de relación que se acercan a él, fracasan –aunque en sus informes pomposos no lo recojan-. Y cuando la familia, la escuela y la calle fracasan lo que menos necesitamos –por su falta de novedad- son respuestas policiales. La reflexión y la autocrítica nos pueden ayudar a descubrir la razón por la que muchas personas -excluidas de este sistema selectivo que no selecto- no se encuentran satisfechas.

25 agosto, 2014

José Antonio.

Por lo que cuentan, creo que Eduardo de Guzmán no sitúa correctamente las últimas palabras de José Antonio Primo de Rivera. En cualquier caso, me resulta curiosa esta segunda referencia que he encontrado acerca de José Antonio, de las cuales se hace eco el pensamiento libertario. La primera referencia todavía es más sorprendente.
“Los periódicos anuncian el traslado de los restos mortales de José Antonio Primo de Rivera desde el cementerio de Alicante al Monasterio del Escorial. Sus camaradas le traen a hombros, cruzando buena parte de España. Creo en este momento, como lo creí en todos, que su fusilamiento fue un error político. Ante el pelotón tuvo el gesto digno de desear que su sangre fuese la última que se vertiera en las contiendas civiles que durante más de un siglo han desgarrado la vida española. Los diarios madrileños reproducen sus palabras en grandes titulares. Pero no parecen nada dispuestos a que se cumpla la postrera voluntad del fundador de Falange. 
Pensamos mucho en él y en sus deseos de última hora mientras dura el lento traslado de los restos. Son días dramáticos cargados de trágicos presentimientos para los cientos de miles de presos políticos que llenan las cárceles de España”. Eduardo de Guzmán. Nosotros, los asesinos. Ediciones Vosa, 2008.

José Antonio.

La primera referencia la encontré en el libro de José Ribas, Los 70 a destajo. El armisticio con la República…yo también me quedé atónito cuando lo leí. Lo que cuenta José Ribas, hasta el momento, no lo he encontrado en ningún lado más: fin de las hostilidades, amnistía total y elecciones libres. Sorprendente: “Al pisar Italia pretendió canjear desde Roma, con la mediación de la Santa Sede, a José Antonio Primo de Rivera, prisionero en Alicante, por presos republicanos y dinero. Me contó que Franco había impedido la transacción económica que habría facilitado el canje. El dinero lo ponían Juan March y algunos industriales catalanes del ramo de la metalurgia y del champán. También me contó el testamento político de José Antonio: fin de las hostilidades, amnistía total y elecciones libres. Me quedé atónito”. Los 70 a destajo –ajoblanco y libertad-. José Ribas. RBA, 2007.

21 agosto, 2014

En el patíbulo.



Hace unos días estuve con este tipo en el patíbulo. Hubo varios momentos geniales. En uno de ellos vino a decir que no iba a ser mejor soldado porque le obligasen a afeitarse con agua fría. Intentó escapar cuando su espíritu todavía era libre –sus propios compañeros se lo impidieron-. 
Lo curioso es que se puede sustituir la palabra soldado por muchas otras. Por ejemplo, persona.

19 agosto, 2014

El sumario de Fomento.

El sumario de Fomento: triste realidad y experiencia que nos obliga a perdonar y a repudiar la violencia –provenga de donde provenga-.
Hace unos días ha habido alguna que otra manifestación antifascista en Extremadura. En las pancartas se podía leer: Ni Olvido, Ni Perdón. Debido a la formación que estoy adquiriendo en los últimos tiempos, creo que la memoria es un requisito indispensable para poder perdonar. Tenemos razones para ambas cosas: para no olvidar y para perdonar. Las razones para mantener viva una memoria tendrían una clara finalidad: superar el odio, el rencor, -lo nefasto- de la incomunicación y el fanatismo. Partiendo de la anterior finalidad, creo conveniente no detallar las razones que nos llevarían a perdonar –fácilmente, pueden ser establecidas por las personas que han logrado superar, por ejemplo, el fanatismo o que, sencillamente, nunca se han asomado a tan terrible precipicio-.
Nunca hasta ahora me habían hablado del sumario de Fomento: una triste realidad y experiencia que nos obliga a perdonar a sus protagonistas y a repudiar la violencia –provenga de donde provenga-.
La cita que a continuación comparto y que he extraído del libro imprescindible de Eduardo de Guzmán, Nosotros, los asesinos da cuenta de la irracionalidad que empujó a aquellas personas a hacer lo que hicieron en aquel contexto inhumano. Lo que nos cuenta Eduardo de Guzmán lo pone en boca de Fernando García Peña. No puedo dejar de imaginarme el rostro de Eduardo de Guzmán cuando su compañero de presidio –y condenado también a muerte- le relataba semejante atrocidad. Yo creo que por respeto a la memoria de García Peña, Eduardo de Guzmán, respecto al sumario de Fomento, no hace juicio alguno acerca del testimonio ofrecido por aquel. El silencio en este caso de Eduardo de Guzmán no tendría que significar nada, ya que, nunca hay que olvidar que su obra es un alegato en contra de la violencia y de la guerra y considera a todos sus protagonistas, sin distinción de ideologías, víctimas y verdugos de aquel baño de sangre que ocurrió en España. En cambio, a mí, especialmente, hay una afirmación que Eduardo de Guzmán pone en boca de García Peña que me conmueve: nuestra mayor equivocación fue asesinar a demasiadas personas y fusilar a muy pocas. Ni un contexto de guerra ni teniendo a favor un Código de Justicia Militar, pueden justificar la siguiente aberración: la de matar a una persona. Por mucho que esa persona participase en el Levantamiento de aquellos días de julio de 1936, nunca quedaría justificada su muerte. Otra cuestión es que pueda resultar comprensible pero nunca, insisto, justificado. Tampoco, jamás, quedaría justificado y vuelvo a insistir en la cuestión, aunque lo juzgase un Tribunal Popular compuesto por lo más “selecto” de los partidos y organizaciones de la izquierda de aquella época. Aunque ese Tribunal Popular fuese digno gracias a los valores extraordinarios de esas organizaciones de izquierdas, no hay que olvidar lo siguiente: las ideologías no nos hacen mejores personas, nuestras acciones sí. Y hay que proclamarlo a los cuatro vientos: quitar la vida a tantas personas como lo hicieron en aquellos primeros meses de guerra fue una acción aberrante.
El sumario de Fomento lo protagonizó el odio, la sinrazón, la incomunicación y el fanatismo que reinó en aquel contexto previo a la Guerra Civil española y durante la misma. En este caso, los protagonistas pertenecieron a lo más variado de las organizaciones y partidos políticos de la izquierda de aquella época.
Eduardo de Guzmán hace una advertencia en su libro: invita a no leerlo a toda aquella persona que pretenda utilizar la información con el fin de alimentar su odio y su rencor y emplearlos contra los demás. Pues eso, que la persona que esté interesada en leer el siguiente extracto lo haga partiendo de esos principios básicos que contribuyen, por ejemplo, a derribar los muros que todavía hoy nos empeñamos en levantar gracias a la incomunicación.
Ahí va el extracto del libro Nosotros, los asesinos (Eduardo de Guzmán, Ediciones Vosa, 2008):
“Fernando García Peña, republicano como Dicenta, de edad y estatura parecidas a las suyas, opina de manera muy diferente. Es hombre que probó su temple en las conspiraciones y cárceles durante la dictadura y que mientras muchos de sus correligionarios abandonan Madrid en los primeros meses de la contienda, permanece en su puesto hasta el último segundo. Le conozco hace varios años y le sé persona inteligente, con ideas claras que ni oculta ni disfraza”. Eduardo de Guzmán. Nosotros, los asesinos. Ediciones Vosa, 2008.
“Las condenas y las sacas prosiguen durante todo el mes con ritmo acelerado. A diferencia de los juicios que se celebran todas las mañanas, en los que comparecen centenares de personas y de los que sería inútil buscar en los periódicos la menor referencia, los diarios anuncian ahora un Consejo de Guerra sumarísimo de urgencia, cuya importancia subrayan unánimes, rodeándole de extraordinaria expectación: el que va a juzgar a todos los implicados en el sumario de Fomento”. Eduardo de Guzmán. Nosotros, los asesinos. Ediciones Vosa, 2008.
“-Contra todo lo que ahora se dice –afirma-, Fomento salvó la vida de muchas más personas que condenó. Su finalidad única era terminar con los paseos, imponiendo una justicia, todo lo sumaria que se quiera, pero siempre con mayores garantías y posibilidades de defensa para los que juzgaba, que las que tenían de ser detenidos por grupos irresponsables. 
Hace hincapié en un hecho irrefutable: que los paseos, abundantes en los cuatro primeros meses de la guerra, fueron severamente condenados en todo momento tanto por el Gobierno como por las figuras más destacadas de los partidos y organizaciones izquierdistas. También que cuando en el mes de diciembre se han reconstruido las bases del Estado republicano, los paseos cesan por completo y no vuelven a darse en los dos años y pico que todavía dura la guerra.
-He sostenido siempre –añade- que nuestra mayor equivocación fue asesinar a demasiadas personas y fusilar a muy pocas. El Gobierno quiso impedirlo desde el primer momento; no pudo por la sencilla razón de que carecía de la fuerza necesaria para imponer sus decisiones.
Los gobernantes republicanos eran en los primeros meses unos señores investidos teóricamente de autoridad, pero que no disponían en la práctica de los medios coercitivos indispensables para hacerla respetar. Tanto en los frentes como en la retaguardia había muchas gentes armadas, pero que sólo en determinadas ocasiones y circunstancias ponían sus armas –que habían conquistado en el asalto de los cuarteles- al servicio de las órdenes del Gobierno. Campeaban libremente por sus respetos y hacían justicia en la forma que les parecía.
-En estas condiciones eran inevitables las ejecuciones sin juicio previo, cometiéndose no pocas barbaridades, ya que gentes cegadas por la pasión o movidas por razones personales más o menos inconfesables se dedicaban, no a servir la causa antifascista, sino a saciar torpes deseos de venganza. 
El Gobierno no podía impedirlo, aunque lo intentaba por todos los medios, ya que contra él y la legalidad que representaba, se habían sublevado, no sólo una parte del Ejército, sino las fuerzas de orden público, la policía, los jueces y casi toda la armazón administrativa y burocrática del Estado. 
-En estricta justicia fueron los sublevados los culpables de los paseos, ya que dejaron al Estado totalmente indefenso.
Fomento es un intento desesperado por parte del Gobierno para terminar con hechos como los que se producen a raíz del asalto de la Cárcel Modelo. Como no dispone de la fuerza precisa para imponerse, trata de llegar a un acuerdo con todos los partidos y organizaciones antifascistas y lo consigue. Todos acceden a nombrar representantes que, asesorados por magistrados y abogados, integren unos tribunales populares que juzguen la posible culpabilidad de los detenidos. ¿Que se cometen injusticias y se condena a muchos que no debieron serlo?
-Es probable –reconoce García Peña-, aunque en realidad una mayoría de los condenados pudieron serlo –y en circunstancias normales lo hubieran sido- con sujeción estricta a los artículos del Código de Justicia Militar. 
En cualquier caso, hubo muchos detenidos que se salvaron y que de no funcionar Fomento no habían podido salvarse. Si no se consigue acabar de golpe con los paseos, se logra cuando menos una sensible disminución y, lo que es todavía más importante, que quienes lo perpetran puedan ser denunciados y perseguidos.
-Y no de una manera nominal, sino real y efectiva. La prueba es que juzgamos varios casos de venganza personal, de ensañamiento morboso, de atropellos y latrocinios y en todos los casos los culpables recibieron el más duro de los castigos. 
Es triste y lamentable que se dieran paseos en Madrid. Aun habiéndose exagerado desmesuradamente su número por la propaganda adversaria, constituyen una mancha para la República y contribuyen a restarle ayudas y simpatías. Pero la culpa no es de los gobernantes republicanos, ni siquiera de quienes actúan en Fomento, sino de los que desencadenan la mayor de las catástrofes que puede sufrir un país civilizado: una cruenta guerra civil. 
-Van a fusilarme como si fuera un monstruo –concluye amargado-, pero moriré con la conciencia tranquila de haber hecho cuanto estuvo en mis manos para poner coto a una trágica etapa de violencia y sangre. 
A las pocas noches se le llevan para fusilarle en compañía de otros diecisiete reclusos de Santa Rita”. Eduardo de Guzmán. Nosotros, los asesinos. Ediciones Vosa, 2008.

15 agosto, 2014

Nosotros, los asesinos.


3

"Si la guerra es siempre el mal, la guerra civil es en todo trance, ocasión y circunstancia el mal absoluto y definitivo. La peor de las paces resulta siempre preferible a la mejor de las guerras, cualesquiera que sean las razones, argucias y pretextos con los que se pretenda conducirnos por el más desastroso camino que conocieron los pueblos a lo largo de sus respectivas historias.
Enemigo constante de la violencia y la guerra y de cuanto llevan aparejadas, pretendo que Nosotros, los asesinos sea un fuerte alegato contra ambas”. Eduardo de Guzmán. Nosotros, los asesinos. Ediciones Vosa, 2008.

14 agosto, 2014

Nosotros, los asesinos.



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“Desearía que las páginas que siguen constituyeran una lección que se grabase a fuego en la mente de quienes las lean y, muy especialmente, de las generaciones nuevas para que eviten caer en los mismos errores que las anteriores. Aunque por desgracia nadie escarmienta en cabeza ajena, quisiera repetir y subrayar que todo lo que se cuenta en los capítulos que siguen fue fruto directo y en cierto modo inevitable de la violencia general alimentada por un irrazonado fanatismo”. Eduardo de Guzmán. Nosotros, los asesinos. Ediciones Vosa, 2008.

13 agosto, 2014

Nosotros, los asesinos.



Para evitar confusiones innecesarias que no rendirían justicia a la biografía de Eduardo de Guzmán –tan de rabiosa actualidad-, me limitaré a citar lo que entiendo es su espíritu fundamental, el mismo que dota a su Vida y Obra del más generoso y genuino sentido común. No parece que exista otro mundo posible.

Las fotografías que acompañan al texto son gentileza de Alfonso Domínguez Vinagre. El fanatismo que muestran las fotografías se puede encontrar en las piedras del castillo de Belvis, en Monroy, Cáceres, Extremadura. 


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“Quien pretenda alimentar la llama mortecina de viejos rencores con cuanto a continuación se narra, haría bien en no seguir adelante. Al relatar un calvario ya pasado, una dantesca pesadilla difuminada entre las brumas de un ayer lejano, únicamente pretendo resaltar los lamentables excesos a que conducen la incomunicación, el odio y la intolerancia. En realidad, en toda gran tragedia colectiva tan dignas de lástima son las víctimas como los victimarios, los reos como los verdugos. En la nuestra todos fuimos por igual inocentes o culpables, porque a todos nos arrastró un huracán de pasiones frente al que nada podía la voluntad individual de cada uno”. Eduardo de Guzmán. Nosotros, los asesinos. Ediciones Vosa, 2008.

11 agosto, 2014

El Padre Toño y la violencia.


La violencia no se resuelve con más violencia -tampoco la institucional, tampoco la estructural-. Para abandonar la violencia aquí y en El Salvador es necesaria la acogida y, a partir de ahí, la restitución de ese estilo de vida. El Padre Toño representa una alternativa a la respuesta policial y judicial que, en lugar de resolver la terrible realidad de la violencia, la cronifica. La gente de abajo, a la que ayuda, le devuelve el cariño. La gente de arriba, la del Poder, pone barrotes a la bondad del Padre Toño. 


07 agosto, 2014

El padre Toño.


¡Increíble la foto! Un agente encapuchado con metralleta (representando la violencia institucional), personas detenidas cabizbajas (representando la tristeza y el desaliento)... y entre ellas una que ríe, que se la ve feliz.

Quién ríe es el padre toño detenido en una comisaría de El Salvador, una persona detenida por la "justicia", amenazada de muerte, perseguida políticamente (como afirma Amnistía Internacional), y como demostró el asesinato de su más próximo colaborador, y a la espera de juicio donde puede que le sentencien a años de cárcel.

Esta foto es el mayor ejemplo que la felicidad no depende tanto de las adversidades que sufrimos, sino del sentido y el planteamiento que damos a esas adversidades.

Julio Rubio.

03 agosto, 2014

La chavalada.



En la plaza del barrio de Santa Lucía –Aldea Moret- no está prohibido jugar a la pelota. A diferencia de lo que ocurre en otros lugares, aquí no existe ningún cartel informativo anunciando la prohibición. Por esta razón, parece que todo invita al establecimiento de los límites necesarios para la convivencia por parte de todas las personas que, en ese momento, frecuenten la plaza –los niños, lógicamente también, porque aunque todavía no sepan hablar, toda persona adulta debería saber de sus necesidades-.

Cuando yo era pequeño también jugaba a fútbol en esa plaza y tampoco existía ninguna prohibición al respecto. Sí que había un policía con muy mala leche que ponía serios límites a nuestras necesidades, especialmente, a la necesidad de jugar y de dar rienda suelta a nuestra acometividad (la fuerza y la necesidad con la que los niños se enfrentan a todas sus acciones de descubrimiento y de relación con las personas y con el mundo que le rodea). Un día, una vez que fue censurado el juego de la pelota, nos cubrimos la cabeza con la camiseta, llamamos a la puerta del policía y, antes de salir corriendo, abucheamos al hombre que representaba la legalidad en nuestro pueblo. El enfado del policía fue mayúsculo y se lo hizo saber a nuestras madres. Pero todo quedó ahí: en el fondo y en la forma, no era más que una travesura propia de niños. Ahora, por mucho esfuerzo que inviertan en leyes, en controlar irracionalmente las necesidades de los muchachos y muchachas y, por extensión, en ver el mundo únicamente desde el prisma de la persona adulta, las travesuras nunca dejarán de ser lo que son. Es decir, a pesar de que en este tiempo confuso exista un ansia desmesurada por la criminalización, nunca dejarán de ser puras y simples travesuras. 
El otro día, sentado en un banco de la plaza que un día su suelo fue de tierra y tuvo en su centro una fuente, estuve recordando viejas historias al tiempo que disfrutaba viendo cómo jugaban a fútbol la chavalada del barrio. Allí estábamos padres acompañando a nuestros hijos, jóvenes, adolescentes y niños que, por cierto, se lo pasaban en grande con la pelota. Y los límites estaban establecidos sin necesidad de señales y de rótulos innecesarios: los unos jugaban y los otros charlábamos y cuidábamos de los más pequeños. Todo fue así hasta que a la plaza llegaron dos mujeres con un bebé. Por lo que ocurrió después, estaba claro que esas mujeres encarnaban el espíritu y la mala leche de aquel viejo policía. Una de las bondades de la plaza es que cuenta con varios bancos que permanecen a la sombra gracias a la arboleda. Las últimas personas en llegar comenzaron mal: sin necesidad de hablar, los que allí estábamos ya habíamos establecido unas reglas y límites de convivencia y todo fluía. Comenzaron mal porque para sus reales traseros, buscaron un banco que ya formaba parte del terreno de juego de los chavales. Pudieron haber elegido otro lugar en la plaza para sentarse pero, al igual que muchas otras personas adultas, comprenden y viven su mundo únicamente desde su perspectiva limitada y sesgada de la realidad plural en la que vivimos. Y las dos mujeres, cuya empatía brillaba por su ausencia, generaron tensión donde antes reinaba el buen ambiente. Y los chicos pararon el juego pero me fui con la certeza y la seguridad de que volverán a jugar en el mismo lugar. La acometividad no puede ser controlada ni prohibida por espíritus intolerantes que parecen haber olvidado lo que un día, con toda seguridad, fuimos y seguiremos siendo: puro juego, pura energía, pura y simple vida.