09 diciembre, 2014

Castro.



Cómo se puede decir tanto con tan pocas palabras. Castro -Esteban G. Ballesteros-, calla. Pero hay que ver cuánto cuenta con ese silencio, con esa mirada esquiva, con esos brazos cruzados. Conozco personas que no soportan la violencia explícita de Scorsese. Yo disfruto con él -con el cine de Scorsese- pero también con esas películas en las que se crea una atmósfera inquietante, hasta terrorífica. La cámara desenfocada que “muestra” unas fotografías en las que sabemos -pero no vemos- que hay algo terrible. Ese es otro acierto de El mal del arriero. Siento cómo los muertos los devuelve el río pero no veo por ningún lado ni rastro de sangre ni de violencia explícita. En Montecerrado los ojos de Elías nos cuentan que allí se tortura y asesina -y los de Castro, sus ojos, nos ocultan lo que allí ocurre-. Aunque no vemos nada, podemos sentirlo, podemos vivirlo. Todos los aperos de tortura están allí, en aquella estancia, pero sólo lo ven los ojos de Elías. Y sus ojos, nos lo cuentan -qué gran actor-. Puedo llegar a entender que seis meses después apriete el gatillo. 
En algún momento me imagino que alguien le va a cortar la nariz como a Jack Nicholson en Chinatown. Pero las heridas de Elías son más profundas -hasta llegar al alma- y su destino todavía puede ser peor. No lo vemos pero lo sabemos.