03 agosto, 2014

La chavalada.



En la plaza del barrio de Santa Lucía –Aldea Moret- no está prohibido jugar a la pelota. A diferencia de lo que ocurre en otros lugares, aquí no existe ningún cartel informativo anunciando la prohibición. Por esta razón, parece que todo invita al establecimiento de los límites necesarios para la convivencia por parte de todas las personas que, en ese momento, frecuenten la plaza –los niños, lógicamente también, porque aunque todavía no sepan hablar, toda persona adulta debería saber de sus necesidades-.

Cuando yo era pequeño también jugaba a fútbol en esa plaza y tampoco existía ninguna prohibición al respecto. Sí que había un policía con muy mala leche que ponía serios límites a nuestras necesidades, especialmente, a la necesidad de jugar y de dar rienda suelta a nuestra acometividad (la fuerza y la necesidad con la que los niños se enfrentan a todas sus acciones de descubrimiento y de relación con las personas y con el mundo que le rodea). Un día, una vez que fue censurado el juego de la pelota, nos cubrimos la cabeza con la camiseta, llamamos a la puerta del policía y, antes de salir corriendo, abucheamos al hombre que representaba la legalidad en nuestro pueblo. El enfado del policía fue mayúsculo y se lo hizo saber a nuestras madres. Pero todo quedó ahí: en el fondo y en la forma, no era más que una travesura propia de niños. Ahora, por mucho esfuerzo que inviertan en leyes, en controlar irracionalmente las necesidades de los muchachos y muchachas y, por extensión, en ver el mundo únicamente desde el prisma de la persona adulta, las travesuras nunca dejarán de ser lo que son. Es decir, a pesar de que en este tiempo confuso exista un ansia desmesurada por la criminalización, nunca dejarán de ser puras y simples travesuras. 
El otro día, sentado en un banco de la plaza que un día su suelo fue de tierra y tuvo en su centro una fuente, estuve recordando viejas historias al tiempo que disfrutaba viendo cómo jugaban a fútbol la chavalada del barrio. Allí estábamos padres acompañando a nuestros hijos, jóvenes, adolescentes y niños que, por cierto, se lo pasaban en grande con la pelota. Y los límites estaban establecidos sin necesidad de señales y de rótulos innecesarios: los unos jugaban y los otros charlábamos y cuidábamos de los más pequeños. Todo fue así hasta que a la plaza llegaron dos mujeres con un bebé. Por lo que ocurrió después, estaba claro que esas mujeres encarnaban el espíritu y la mala leche de aquel viejo policía. Una de las bondades de la plaza es que cuenta con varios bancos que permanecen a la sombra gracias a la arboleda. Las últimas personas en llegar comenzaron mal: sin necesidad de hablar, los que allí estábamos ya habíamos establecido unas reglas y límites de convivencia y todo fluía. Comenzaron mal porque para sus reales traseros, buscaron un banco que ya formaba parte del terreno de juego de los chavales. Pudieron haber elegido otro lugar en la plaza para sentarse pero, al igual que muchas otras personas adultas, comprenden y viven su mundo únicamente desde su perspectiva limitada y sesgada de la realidad plural en la que vivimos. Y las dos mujeres, cuya empatía brillaba por su ausencia, generaron tensión donde antes reinaba el buen ambiente. Y los chicos pararon el juego pero me fui con la certeza y la seguridad de que volverán a jugar en el mismo lugar. La acometividad no puede ser controlada ni prohibida por espíritus intolerantes que parecen haber olvidado lo que un día, con toda seguridad, fuimos y seguiremos siendo: puro juego, pura energía, pura y simple vida.

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