01 noviembre, 2014

Contradicciones.


Hace poco una entidad bancaria patrocinaba en Cáceres la exposición El Ártico se rompe. En estos días, también en la parte vieja de la ciudad, otra entidad bancaria invita a descubrir uno de los Ferrari –réplica- de Fernando Alonso (la exposición creo que se llama el Motorhome Ferrari). Ante semejantes contradicciones, la conclusión que saco es: allí donde hay ganancia, allí está la entidad bancaria –y los gobiernos, facilitando los negocios-. Sólo así logro entender semejante despreocupación ante lo que ya tenemos encima: la devastación ecológica mundial. Porque si el Ártico se rompe lo mejor es organizar una flamante carrera de Fórmula 1 en la que unos chiquillos quemen ruedas y gasolinas por pura diversión. Sólo una persona movida por su cinismo no encontrará relación entre lo uno y lo otro. 

Ese nuevo gobierno que se avecina y que tanto miedo está generando, tampoco, en principio, ofrecerá alternativas radicales para comenzar a cuidar desde el sentido común nuestra Tierra –la de todas las personas-. Hace unos días en televisión mostraba su preocupación por la crisis ecológica del planeta pero le parecía quijotesco iniciar en solitario la aventura. Habló de cambio global, es decir, a que el problema mundial requería de una solución mundial. Ya antes habló de continuar generando riqueza –material, en ningún caso habló de felicidad- para salir de la crisis. Meses atrás rememoró a Keynes. Nadie en estos momentos, en los distintos gobiernos, está dispuesto, por ejemplo, a reducir a cero la producción de la industria automovilística. Siendo ingenuo, a lo mejor no se asesoran lo suficiente y, por lo tanto, ignoran las ventajas de esa medida –también se crearían empleos sin la necesidad de tener que desplazarnos en un “troncomóvil”-. 
Como el agua todavía no está privatizada, el gobierno cuenta con suficiente autoridad moral para motivar al ciudadano en el ahorro de agua o incluso, llegado el caso, a someterlo a la privación temporal de dicho bien. Sería ingenuo, por mi parte, pensar que el gobierno respecto al problema de la crisis ambiental cuenta con algún tipo de autoridad. Hace tiempo vendió todo y las multinacionales se llevaron la ganancia. Aquí parece que nos dejaron un estilo de vida libre –la “libertad” que proporciona el conducir por carreteras que han engullido nuestro ecosistema, la esclavitud de mantener a punto unos automóviles programados para romperse con cierta periodicidad-. 
La suerte está echada –la entidades bancarias, entre otras, son patrocinadoras de la misma-.

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