13 agosto, 2014

Nosotros, los asesinos.



Para evitar confusiones innecesarias que no rendirían justicia a la biografía de Eduardo de Guzmán –tan de rabiosa actualidad-, me limitaré a citar lo que entiendo es su espíritu fundamental, el mismo que dota a su Vida y Obra del más generoso y genuino sentido común. No parece que exista otro mundo posible.

Las fotografías que acompañan al texto son gentileza de Alfonso Domínguez Vinagre. El fanatismo que muestran las fotografías se puede encontrar en las piedras del castillo de Belvis, en Monroy, Cáceres, Extremadura. 


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“Quien pretenda alimentar la llama mortecina de viejos rencores con cuanto a continuación se narra, haría bien en no seguir adelante. Al relatar un calvario ya pasado, una dantesca pesadilla difuminada entre las brumas de un ayer lejano, únicamente pretendo resaltar los lamentables excesos a que conducen la incomunicación, el odio y la intolerancia. En realidad, en toda gran tragedia colectiva tan dignas de lástima son las víctimas como los victimarios, los reos como los verdugos. En la nuestra todos fuimos por igual inocentes o culpables, porque a todos nos arrastró un huracán de pasiones frente al que nada podía la voluntad individual de cada uno”. Eduardo de Guzmán. Nosotros, los asesinos. Ediciones Vosa, 2008.

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