11 junio, 2014

Enrique Martínez Reguera.

Ahora, más que nunca, comprendo la razón por la que nunca en la universidad me hablaron acerca de la vida y obra de Enrique Martínez Reguera. La Educación Social, sus programas, al menos los que yo he conocido, no están planteados partiendo de las necesidades reales de las personas más necesitadas. De lo contrario, la pedagogía de Martínez Reguera –fundamental para comprender a la infancia y adolescencia vulnerada, formalizada y explotada- formaría parte de cualquier programa de estudios así como de nuestra relación diaria con las demás personas.
Pero hay algo que no interesa ni a la universidad ni al Poder que la ampara: la generosidad que practican las personas desde abajo, personas que como Martínez Reguera están dispuestas a convivir de verdad y no parapetados en una torre de marfil durante 30 años con niños y jóvenes marginados. Una apuesta que, sin duda alguna, es interpretada por el Poder como peligrosa. Es mejor esconder la experiencia de Martínez Reguera: “los muchachos han sido mi mejor profesor”. Hay que reflexionar acerca de esto último: si desde la universidad, por ejemplo, se atendiese a las necesidades reales de las personas más desfavorecidas, más de uno, aprenderíamos que el abrazo es la distancia óptima. Y el abrazo es señal de muchas cosas, entre otras, de que se está en el buen camino para tomar partido por la otra persona.
La contribución de la vida y obra de Enrique Martínez a la Humanidad, sencillamente es extraordinaria.

Comparto aquí su Breve elogio de las pasiones, extraído de su Pedagogía para mal educados:

BREVE ELOGIO DE LAS PASIONES.

Todo lo que antecede está escrito con pasión.
Se nos ha inculcado que las pasiones entorpecen el entendimiento y por consiguiente son malas. No lo creo así. Las pasiones avivan la sensibilidad, la percepción, la intuición, que también son entendimiento y, bien utilizadas, pueden servir al raciocinio. Imaginar que el pensamiento desapasionado es más ecuánime, no es cierto. No existe razón desapasionada y es tan falso como imaginar personas sin pasiones. Lo que ocurre es que hay pasiones sinceras que se manifiestan y pasiones soterradas que se ocultan, que no se asumen.
Participando en un debate sobre pedagogía con los profesores de un colegio de suburbio, defendí con pasión las necesidades reales e intereses legítimos de ciertos niños desfavorecidos, respecto a los intereses también reales y legítimos de los demás. Algunos profesores me reprocharon excesivo apasionamiento. No percibían su elitismo tan pasional. En cuántos colegios no me habrán objetado “mire usted, no vamos a sacrificar a los niños más aplicados por estos”. Pero no se atrevían a defender con la misma pasión ese criterio, en un barrio en donde los destrozos en la población infantil son manifiestos y el elitismo se ha de replegar avergonzado.
Hay personas que se imaginan desapasionadas. Es uno de los vicios más característicos de que hacen gala los ambientes acomodados. Confunden con dotes naturales lo que son prebendas.
Muchos intelectuales y científicos ponen tan apasionado énfasis al hacer uso de sus ventajas culturales, técnicas o de lenguaje y no digamos económicas, que confunden e inducen a que se confunda lo que les interesa de la realidad, con la realidad misma. Y no están dispuestos a reconocer que su contundencia no puede servir por igual a intereses opuestos. Si la realidad es algo, es pluralidad, complementariedad y hasta contradicción, como lo húmedo y lo seco. Con frecuencia la supuesta neutralidad científica no pasa de ser una ingenuidad…a veces subvencionada.
Por eso advierto que todo esto queda escrito con pasión. Con la pasión que me exige el procurar que se recuerden y tengan en cuenta aspectos reales como el que más, pero obstinadamente olvidados en libros que presumen de científicos. Enrique Martínez Reguera. Pedagogía para mal educados. Editorial Popular, 2010 (primera edición, 1999).