28 junio, 2014

1973.

Aquel tiempo existió en el barrio en el que me crié. Vidas que se extinguieron rápido, muy rápido, a penas lo que dura un suspiro. Vidas extinguidas como consecuencia de una huida hacia delante que se manifestaba a través de un consumo excesivo. Tenían toda la vida por delante –al igual que toda la desinformación posible-. También teníamos una parroquia cristiana que no supo qué hacer. Contábamos con una Comunidad que tampoco sabía qué hacer ni a dónde mirar. Pero como dice un amigo, sí sabían que había que perseguir, condenar y matar a Judas. Y así fue: ¡qué fácil resulta culpar a los padres y a los hijos cuando ambos fracasan! La mentalidad milenaria, forjada a sangre y fuego, no podía entenderlo: padres e hijos forman parte de una misma cadena. El gran templo del barrio, que había proyectado sus muros hacia el cielo, no liberó: las mujeres arrodilladas abandonaban la casa de Dios con toda la culpa a sus espaldas. Y la Comunidad lo tenía claro: donde había travesura -propia de chavales- encontraron vagos, maleantes y ladrones a los que la vida se les escapaba por las venas. Nunca en mi barrio hubo una manifestación que portase el sentido común: vidas extinguidas por un consumo excesivo gracias a una venta masiva de veneno. De igual manera, por estas calles por las que hoy paseo, sigue ocurriendo lo mismo. Nos queda el recuerdo y, de nuevo, como dice un amigo, la muerte parece que no existe. Una élite habla acerca de la legalización como panacea –yo me muestro reacio, ya que, considero que la raíz del problema es otro-. Mientras tanto, en nuestras calles, ya vivimos otro tiempo. Otro tiempo sí pero no otras costumbres: el consumo excesivo persiste. La Comunidad se empeña en, una y otra vez, permanecer en la derrota. Esto último hace que muchas vidas continúen apostando por la evasión gracias a la venta excesiva de todo tipo de elixires. Y mientras tanto, la chavalada en busca de referentes, tiende a imitar viejas costumbres.

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