28 marzo, 2014

Deprisa, Deprisa 3.

En esa huída, en esa fuga, en ese juego bárbaro, en esa travesura, en esa rutina, hay una palabra que solo se pronuncia una vez. Paco es el que pronuncia la palabra: reformatorio.

Unos niños son ingresados en el Saco. “El Saco”, que dicen ellos, es el Colegio del Sagrado Corazón, un centro de reforma que aspiró a ser acogedor y entrañable y fue rodeado de murallas sobrealzadas de rejas y alambres…un poco fuerte ¿verdad? Que al Sagrado Corazón le pongan alambradas con fines educativos y humanitarios. Por hipocresías así, mis niños suelen estar vacunados contra el fenómeno religioso. Enrique Martínez Reguera. Cachorros de nadie -Editorial Popular. 1988-.

Pues bien, cuando esos niños ingresan en el Sagrado Corazón, lo primero que perciben son las alambradas “con que los protegen”, la comisaría de policía “educativamente” ubicada en la puerta misma del Centro, los barrotes de las ventanas “para que no se caigan” y los cristales blindados “para que no se hagan daño”. Enrique Martínez Reguera. Cachorros de nadie -Editorial Popular. 1988-.

Por sencillísimas razones de higiene mental, el instantáneo mecanismo de adaptación de los niños va a ser la fuga, mucho antes de comprobar si el Centro les interesa o no. Enrique Martínez Reguera -Editorial Popular. 1988-.

Se olvida que el niño, a diferencia del adulto, está en edad de hacerse, y crece adaptándose al entorno; así su fuga o cualquier otro comportamiento reactivo puede pasar de adjetivo a sustantivo, puede servirle de identidad, de cualificación, de travesura y hasta de rutina. Enrique Martínez Reguera. Cachorros de nadie -Editorial Popular. 1988-.

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