26 febrero, 2014

El terrorista revolucionario no es indudablemente el tipo ideal del porvenir.


Diego Armando Maradona Franco se ha ofrecido como soldado. Velibor Colic, en Los Bonios -Editorial Periférica, 2013-, cuenta: "no hay nada de glorioso en la muerte de un joven en el frente, sea de un bando o de otro". No es que Maradona sea precisamente joven pero, aún así, su hipotética muerte en el frente tampoco sería gloriosa. Pero ante todo, Maradona es un chico listo, con la lección aprendida, esa lección que nos ha enseñado la historia de todas las grandes revoluciones populares: la gran injusticia parece que solo tiene un destino, morir por sus propias armas. Pero Maradona, en esta ocasión, está del lado de los que han llegado al poder a través del juego democrático. También está del lado de los que tienen un ejército para proteger ese poder. Y él, Maradona, quiere ser soldado de ese ejército y, con su ofrecimiento, no hace más que recordar a la oposición –que también es violenta al igual que los que ostentan el poder- cómo y qué ha de hacer: levantarse en armas, tomar el poder y adueñarse del ejército. No conozco ninguna revolución que, una vez conquistado el poder, haya renunciado a su ejército. Tampoco conozco ninguna revolución que, una vez conquistado el poder, lo haya convertido en distributivo y paritario. 
Hace un rato por defender la no violencia me han llamado pobre necio. También hace un rato me han dado a elegir dos opciones –la tercera, me decían, no existía-: o elegía ser pasto de los fachas o me convertía en cómplice –entiendo que de los violentos opresores pero sin saber muy bien de quién en realidad-. Desde que he tenido conocimiento de la revuelta violenta en Ucrania, ese movimiento que se ha dado en llamar Euromaidan o Maidan, no paro de darle vueltas a la situación. No entiendo a penas nada pero aunque pueda ser comprensible la violencia que está empleando parte de ese movimiento (he leído que la multitud en el Maidan revive algunas prácticas sociales de la pre-modernidad medieval como las palizas, el linchamiento o la imposición de roles tradicionales de género), no creo que sea el único camino para resolver ese conflicto. Había apostado por la no violencia en Maidan y alguien me había dado esas dos únicas opciones: o la muerte o la complicidad. Y sin duda alguna, he apostado por la primera opción.

José Ribas cuenta que leer a sencillos autores anarquistas te ayudan a ser claro, humano y solidario. El libro que tengo entre mis manos es uno de esos libros –independientemente de mi mejoría o no como humano que será achacable a mis limitaciones pero nunca al autor-. Invito a leer unos textos de Tolstoi –La Insumisión y otros textos, Cuadernos Libertarios, Fundación de Estudios Libertarios Anselmo Lorenzo, 1993-. Las citas que muestro a continuación están extraídas de un texto titulado No matarás. En la Presentación del libro ya se cuenta:
las enseñanzas del escritor ruso van a tener un amplio eco en su inmediata posteridad, y el más aventajado de sus discípulos, Mohandas Gandhi, logrará liberar a la India de su condición de colonia del Imperio Británico apelando a la no violencia libertaria. En efecto, con la no violencia se ataca el corazón del Estado, único administrador y monopolizador de la violencia institucional y social. De ahí la proyección libertaria de la no violencia, su carácter anárquico.
Ya en los textos, Tolstoi plantea:
¿cómo los anarquistas no plantean nada mejor para mejorar el destino de los pueblos que el asesinato de hombres?, pues la desaparición es también vana, como si se le cortase la cabeza a un monstruo fabuloso al cual le apareciera una nueva en el lugar anterior. Entonces, ¿qué beneficio trae matarlo?
Prosigue:
Tampoco sirve de nada matar a los Alejandros, a los Humbertos, ni a los Nicolás. Simplemente hace falta dejar de mantener la organización que los engendra. Pues este régimen únicamente es mantenido gracias al egoísmo y el embrutecimiento de los hombres que venden su libertad y su honor, intercambiándolos por unos mezquinos avances materiales.
Más:
Luego no sirve de nada matar a los Alejandros, Los Carnot, los Humbertos y otros; lo que hace falta es convencerles de que ellos mismos son unos asesinos, pero sobre todo no permitirles matar, o rehusar matar bajo sus órdenes.
Si los hombres no actúan todavía así, es simplemente porque los gobiernos, movidos por el instinto de conservación, los mantiene en un estado de hipnosis. Es por lo que es necesario tratar de impedir las matanzas a las cuales se dedican los jefes de Estado y poner término a las guerras entre los pueblos, no mediante otros asesinatos, pues al contrario no hacen más que acrecentar la hipnosis, sino provocando la concienciación de destruir esta hipnosis.
Lo que nos ha enseñado la historia de todas las grandes revoluciones populares: la gran injusticia parece que debe morir por sus propias armas. Por eso, insisto en decir que es comprensible la respuesta violenta de quien a su vez es violentado. Pero yo rechazo toda clase de violencia, también la violencia como medio para combatir el mal. Yo prefiero sufrir de los injustos, antes que ser injusto. Como dice Tolstoi, el mal hay que combatirlo no con la violencia, sino con el valor de las convicciones. Un ideal puro sólo puede ser realizado mediante medios puros.
El terrorista revolucionario no es indudablemente el tipo ideal del porvenir.

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