20 enero, 2014

Moralidades.



Manuel Carrapiso fue mi profesor de filosofía. De la verdad nos contaba que era como el horizonte: cuando más te aproximas, más te alejas de ella. Supongo que ese tipo de lecciones son las que nos ayudan a construir un espíritu crítico ante la vida. Por esta razón –piensan algunos-, es conveniente denigrar a la filosofía y a las materias artísticas. Una hora más de matemáticas, por ejemplo, es la solución para hacer libres a las nuevas generaciones –lo demás, son vagas distracciones-.

Como Alberto San Juan propuso anoche, la reflexión continuó en la calle. Les conté a mis amigos que entendía que, el actor, había compartido una excelente forma de caminar hacia la soberanía popular: comenzar a dar nuestros propios pasos dejando de repetir los discursos de los demás. Les pregunté: ¿si no somos soberanos de nuestras vidas, como vamos a luchar por la soberanía de todo un pueblo? Lo de anoche fue realmente emocionante: un actor sin miedo y culto invitándonos a caminar hacia un mundo nuevo. Y dijo bien, un mundo nuevo.

A Dani le conté también la grieta que sentí en la reflexión del actor. Los libros nos ayudan a vencer la ignorancia pero debemos rehuir de las verdades y, en especial, de las verdades dogmáticas que nos alejan de la pluralidad en la que vivimos. No estoy diciendo que Alberto San Juan se mostrase dogmático, no. Me estoy refiriendo a un momento muy concreto, en el que el actor echa mano de un libro y lee que Carrillo, con el fin de evitar un baño de sangre, se equivocó al no enfrentarse con la fuerza bruta a los guerrilleros de la extrema derecha que asesinaron a seis abogados laboralistas en la calle Atocha. El actor creo que añadió algún ejemplo más y todo conducía a lo mismo: el Partido Comunista de España con Carrillo al frente impedían el triunfo de una hipotética revolución social, en este caso, mediante la violencia. Volviendo al principio –a la lección de que de un mismo acontecimiento se pueden derivar varias verdades-, hay otros libros que dicen lo contrario, es decir, que Carrillo, en aquellos años de supuesta apertura, hizo bien en ignorar la provocación de los involucionistas. En concreto, me refiero a un libro escrito por un libertario, José Rivas: 

A las 10:45 de la noche de aquel lunes fatídico, guerrilleros de la extrema derecha, con ayuda de terroristas italianos de la red Gladio -financiada por Estados Unidos y coordinada por la OTAN-, entraron en un despacho laboralista de la calle Atocha y dispararon a bocajarro contra los abogados de CC OO. Seis muertos. Madrid vivió una noche de angustia entre rumores de nuevos asesinatos. Tras una tensa negociación entre líderes comunistas y miembros del Gobierno, la capilla ardiente se instaló en el Palacio de Justicia y aceptó que el entierro fuese público. El país estuvo al borde de una nueva confrontación.
El Partido Comunista de España no cayó en la provocación y dio, en el entierro, una lección de civismo sin precedentes que descolocó a los involucionistas. Miles de personas tomaron la calle, con flores blancas y rojas y el puño en alto en medio de un silencio sobrecogedor. La fuerza de los comunistas españoles era enorme. Santiago Carrillo controlaba férreamente a un partido sereno que buscaba la legalización para que el PSOE no le robara el protagonismo electoral de la izquierda. El PSOE aún era un partido marxista que defendía públicamene la autogestión y los valores de la progresía. 
(red Gladio: organizada por los servicios secretos de Estados Unidos en los años cincuenta para impedir el acceso de los comunistas al poder en Italia).

Los 70 a destajo -ajoblando y libertad-. José Ribas. RBA Libros, 2007.

A pesar de que Alberto San Juan volviese a escena, para mi el final del encuentro de anoche fue cuando recitó a Jaime Gil de Biedma: 

Apología y petición

¿Y qué decir de nuestra madre España, 
este país de todos los demonios 
en donde el mal gobierno, la pobreza 
no son, sin más, pobreza y mal gobierno 
sino un estado místico del hombre, 
la absolución final de nuestra historia? 

De todas las historias de la Historia 
sin duda las más triste es la de España, 
porque termina mal. Como si el hombre, 
harto ya de luchar con sus demonios, 
decidiese encargarles el gobierno 
y la administración de su pobreza. 

Nuestra famosa inmemorial pobreza, 
cuyo origen se pierde en las historias 
que deciden que es culpa del gobierno 
sino terrible maldición de España, 
triste precio pagado a los demonios 
con hambre y con trabajo de sus hombres. 

A menudo he pensado en esos hombres, 
a menudo he pensado en la pobreza 
de este país de todos los demonios. 
Y a menudo he pensado en otra historia 
distinta y menos simple, en otra España 
en donde sí que importa un mal gobierno. 

Quiero creer que nuestro mal gobierno 
es un vulgar negocio de los hombres 
y no una metafísica, que España 
debe y puede salir de la pobreza, 
que es tiempo aún para cambiar la historia 
antes que se la lleven los demonios. 

Porque quiero creer que no hay demonios. 
Son hombres los que pagan al gobierno, 
los empresarios de la falsa historia, 
son hombres quienes han vendido al hombre, 
los que han convertido a la pobreza 
y secuestrado la salud de España. 

Pido que España expulse a esos demonios. 
Que la pobreza suba hasta el gobierno. 
Que sea el hombre el dueño de su historia. 

Jaime Gil de Biedma (del libro Moralidades, 1966)

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