02 diciembre, 2013

Porque tenemos palabra.

Existen maravillosas personas que con su obra y su palabra cubren de herrumbre y descrédito la ley del más fuerte. Comenzaré citando a Enrique Martínez Reguera para acabar con otra cita a través de la cual se muestra un ejemplo práctico -y crucial en nuestra historia humana- protagonizado por el Partido Comunista de España y Carrillo en los años 70.

Martínez Reguera nos cuenta y fundamenta:

Empezaré con una afirmación sencilla pero rotunda: desde tiempos inmemoriales, probablemente desde su origen, los seres humanos polarizaron su conducta o relacionándose de manera amigable o prefiriendo la ley del más fuerte.
La ley del más fuerte que responde a relaciones muy primarias, casi siempre llevó la iniciativa, como fuerza bruta, fuerza armada, poder económico o control mediático. Pero la disposición fraternal que también responde a relaciones muy primarias y profundas, ha conseguido seguir rebrotando y en momentos incluso ha logrado sobreponerse. 

La ley del más fuerte es muy adictiva y exige cada vez más, aspira a la hegemonía absoluta. Afortunadamente cuando tal riesgo amenaza suscita en la gente ánimo de rebeldía, por la sencilla razón de que nada humano es absoluto. Hoy precisamente estamos asistiendo a uno de esos momentos en los que la fuerza, aunque de un modo cada vez más sutil, se ha ido adueñando de nuestras relaciones, hasta tal extremo que ya se oye el rumor de la insurrección que se avecina ¡indignaos!

Pero si observamos la Historia, las revueltas siempre concluyeron ratificando la ley del más fuerte, convirtiendo a los oprimidos en opresores. Incluso aquella insurrección radical que en su momento supuso el cristiansimo y pese a ser el Evangelio el manifiesto de fraternidad más rotundo que interpeló a la cultura de occidente, de inmediato fue reencauzado conforme a la ley del más fuerte, abismándonos en atroces cruzadas y sañudas inquisiciones. Como ironizó Monterroso, las ideas que Cristo nos legó son tan buenas que fue necesario toda la organización de la Iglesia para combatirlas. 
La única insurrección que realmente haría avanzar la condición humana, sería la que no ambicionase acumular poder para el dominio, sino poder distributivo y paritario, plétora personal como alguna vez habrá soñado algún anarquista.
Ojalá estuviese llegando el momento en que la fraternidad tomase la iniciativa. Pero aún entonces sin olvidar que la posibilidad de recurrir a la fuerza seguirá agazapada en nuestra condición; y que incluso el anhelo igualitario, si fuese impuesto, agostaría cualquier brote de fraternidad.

La vieja consigna de libertad, igualdad y fraternidad, reclama libertad para la igualdad e igualdad para la fraternidad, no la libertad del zorro en el gallinero. 
Quienes aspiramos a ver instaurada la fraternidad, quienes deseamos que la ley del más fuerte se cubra de herrumbre y descrédito, necesitaremos consolidar nuestra condición de personas, porque la persona es la piedra angular sobre la que se asentó la cultura de occidente. Sin esa noción no tendría sentido hablar de identidad, de libertad ni de responsabilidad. 

Porque nos consideramos personas, valoramos nuestra entereza y dignidad, la solidez de las propias convicciones, esa lealtad a que alude la expresión "tener palabra" o esa consideración que reclama el honor de cada cual. Tales cualidades no surgieron por azar ni fueron nunca una dádiva, sino el resultado de siglos de esfuerzo y reflexión.

Enrique Martínez Reguera. Esa persona que somos. Desde la filosofía, la ética y la política. Editorial Popular. 2012.

Y ahora un ejemplo práctico que, mediante la palabra, logra cubrir de herrumbre y descrédito la ley del más fuerte. Ahora me limitaré a citar a José Ribas:

A las 10:45 de la noche de aquel lunes fatídico, guerrilleros de la extrema derecha, con ayuda de terroristas italianos de la red Gladio -financiada por Estados Unidos y coordinada por la OTAN-, entraron en un despacho laboralista de la calle Atocha y dispararon a bocajarro contra los abogados de CC OO. Seis muertos. Madrid vivió una noche de angustia entre rumores de nuevos asesinatos. Tras una tensa negociación entre líderes comunistas y miembros del Gobierno, la capilla ardiente se instaló en el Palacio de Justicia y aceptó que el entierro fuese público. El país estuvo al borde de una nueva confrontación.
El Partido Comunista de España no cayó en la provocación y dio, en el entierro, una lección de civismo sin precedentes que descolocó a los involucionistas. Miles de personas tomaron la calle, con flores blancas y rojas y el puño en alto en medio de un silencio sobrecogedor. La fuerza de los comunistas españoles era enorme. Santiago Carrillo controlaba férreamente a un partido sereno que buscaba la legalización para que el PSOE no le robara el protagonismo electoral de la izquierda. El PSOE aún era un partido marxista que defendía públicamene la autogestión y los valores de la progresía.
(red Gladio: organizada por los servicios secretos de Estados Unidos en los años cincuenta para impedir el acceso de los comunistas al poder en Italia).

Los 70 a destajo -ajoblando y libertad-. José Ribas. RBA Libros, 2007.


El camino hacia nuestra libertad -digan lo que digan- no puede ser otro que a través de la palabra. He dicho. 

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Me encanta. Gracias.

JuanJesusTato dijo...

Gracias ;)