09 marzo, 2013

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A los trece años me llamaba enormemente la atención la música. Solíamos pasar mucho tiempo en el local de la orquesta, la que ensayaba frente a la casa del Paquito. Años antes, también me llamaban la atención aquellos otros músicos que ensayaban frente a la casa del Cipri. Eran la Cena está servida.
La primera vez que toqué un instrumento de verdad, de manera consciente, fue en una FEVAL, en Don Benito. El colegio nos llevó de excursión y allí estaba Barragán. Habían montado una batería y un bajo eléctrico. Todos los niños lo flipamos con el Tomasito a la batería. A mí me colgaron un bajo eléctrico al hombro y aporreé sus gruesas cuerdas. Llegué a casa emocionado y se lo conté a mi hermano. Yo ya conocía a los Sex Pistols. El bajo de Sid, ese Fender precision blanco y negro continúa siendo mi favorito -el bajista de mi grupo, mi primo Javi, también tuvo un Fender precision-.
Mi curiosidad con la música creció especialmente cuando mi hermano creó su primera banda de rock. Desde entonces el garaje de mis padres generó en mí un enorme interés. No por el coche que dormía allí. Más bien, por los instrumentos que allí había.
Pero de eso el informe no dice nada. Para qué. Ya lo dice Quique González. Este país no valora ni reconoce a sus músicos como profesión, como modo de ganarse la vida.

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