10 octubre, 2012

Miseria.


Últimamente vengo observando con más detenimiento lo poco delicadas que somos las personas en la ciudad -algunas más que otras-. De las personas que conozco, todas participan. En mayor o menor medida, todas contribuyen a contaminar y a ensuciar. Los caballitos de metal quedan justificados especialmente por motivos laborales. Lo podemos justificar todo. El aire acondicionado. Los chicles en las aceras. Las colillas repartidas por todos los rincones de la ciudad. Las mierdas de perro. Los papeles. Mierda, en definitiva. En los pequeños gestos, nosotros somos los responsables. Al menos yo lo soy. Los políticos habrán favorecido la muerte agonizante del ferrocarril pero nadie nos obliga a ir a comprar tabaco montados en nuestro motor diésel contaminante. Este verano, una vez más, he comprobado qué buen trabajo hicieron los alcaldes de la costa mediterránea. Vendieron su alma al diablo para que nosotros pudiésemos asomar nuestras narices y contemplar el mar a tan solo cincuenta metros de distancia. Lo hicieron por nosotros. Para favorecer nuestro descanso. No creo que vuelva a desenterrar ni una sola puta colilla más. Me divertí un rato. Pero creo que no volveré. A lo mejor hoy no estoy muy optimista. Será eso. Reconozco que esta mañana me han saltado las lágrimas. Dos millones de personas que viven en este país no cuentan ya con ningún ingreso oficial. La mierda moral -la que pasean, entre otros, esos ministros mediocres en sus carteras y en sus mentes- creo que es peor. Un chicle, con paciencia se puede llegar a arrancar del suelo.

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