28 septiembre, 2012

Mi último día.

Estoy disfrutando de mi último día de excedencia. La que comenzó el seis de octubre de 2011. ¡Cómo pasa el tiempo! Parece que fue ayer. Hoy el día estaba precioso. Durante la noche ha llovido. A primera hora de la mañana, también. El tiempo que he estado en la calle, el cielo encapotado y amenazando lluvia. Es motivo de celebración. 
La mañana de hoy he intentado que sea diferente, algo especial. He llevado a los bebés a la escuelina. He ido a desayunar a la churrería del barrio. Dos churros, un chocolate y un zumo de naranja natural. Nunca suelo desayunar en la calle. Será por esta razón por la que todo me ha sabido tan rico. He ayudado a un amigo a pegar unos carteles -está intentando alquilar una plaza de garaje-. Me he cortado el pelo. Cada vez que me corto el pelo me siento como nuevo. El uno de octubre de 1916 se inauguró la peluquería que frecuento. Han pasado muchos peluqueros por ella. Hubo uno que subía al palacio a servir a Franco. Lástima, fue una excelente ocasión para dejarse llevar por ese instinto salvaje, animal. Ese día la cuchilla y la mano del que la portaba pudieron pasar a la historia como héroes. Al atravesar la plaza me he encontrado a un político. Es el que aparece en la foto de arriba. El político ha sido el único que no ha evolucionado en la especie. Solo de esta manera se pueden entender declaraciones como las que estoy escuchando estos días: la policía se ha comportado de manera impecable al defender lo que denominan "democracia" a base de sembrar el miedo y de reventar cabezas; Rajoy felicita a la mayoría silenciosa que no se manifiesta en las calles y no aparece en los telediarios. Lo dicho, monos. Peor que eso. Ni monos. Al llegar a casa he acabo de leer La muchacha de las bragas de oro -me siento orgulloso de forma parte del universo literario de Juan Marsé-. Para pasar el rato y mientras sonaba Elvis Perkins, he leído el Anteproyecto de ley orgánica para la mejora de la calidad educativa. El título es pomposo. Ignoro las anotaciones al margen que haría la Mariana de Juan Marsé. A mí solo se me ocurre una: ni el título se puede aprovechar. Por favor, arrogad el documento a la basura, sin reciclar, con el resto de la mierda.

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