01 agosto, 2012

Inevitable.

Estos días que he estado en Aldea Moret no he podido evitar pensar en ella. Aquella noche, alguien me llamó al teléfono y me contó que había muerto. En el tanatorio me reuní con mi familia. Recuerdo especialmente cómo mi madre, mis dos tías y un muy querido primo hermano mío, se abrazaron llorando. Yo también quería llorar y abrazarme a ellos pero no lo hice. No lo hice. Me reprimí. Supongo que por la gente que me rodeaba. Al cabo de un tiempo fui al cementerio. Me senté delante de la tumba de mi abuela. Ya no pude llorar. Después ha habido, por diversas razones, momentos para llorar. No he desaprovechado ninguno. Nunca más pienso cometer aquel estúpido error.

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