26 junio, 2012

Los estercoleros.

Solíamos pasar mucho tiempo en la calle. Nos gustaba ir a los estercoleros. Jugábamos con la basura. Hubo un tiempo en el que nos llamamos Los basurillas. Cerca de la casa de mi abuela había un basurero. Al lado de la vía del tren. Para nosotros era un espacio de juego ideal. Lo mismo nos entreteníamos buscando botes con pulverizador para rellenarlos de agua que agarrando jeringuillas y hacer con que nos chutábamos. El fuego era una de nuestras pasiones. Nos volvía locos echar al fuego latas de aceite cerradas. Ver saltar la lata por el aire no tenía precio. También nos encantaba echar al fuego las tejas, la uralita. Las explosiones eran memorables. En realidad el barrio estaba rodeado de estercoleros. A todos solíamos ir. Buscábamos tesoros...La madera era un lugar al que también solíamos ir mucho. Con los retales hacíamos trofeos o aviones. También máquinas de bolas imitando a la de los bares. Un par de pinzas, gomas elásticas, púas, un pequeño tablón y bolindres. Los rodamientos eran maravillosos. Rectimeca solía tirar auténticas joyas. Uno de los mayores se fabricó un patín. Yo creo que se lo hizo su padre. El caso es que era la envidia de los demás. No todo el mundo podía entrar en el club de Los basurillas. Un chico, el mijina, quiso formar parte de nuestra banda. Para ello tuvo que invitarnos previamente a darnos unos cuantos baños en la piscina de plástico que tenía en su casa. El Pitu tenía un reloj calculadora con la hora de Canarias. Un día que estábamos en La madera, después de enredar con el reloj, se le olvidó poner nuestra hora. Llegamos una hora tarde a comer. Las madres preocupadas y nosotros oliendo a lumbre y con las manos negras. Ahora todo esto no tiene tanta gracia. Algunas cosas ni puta gracia. Nos hemos expuesto a demasiadas cosas. Demasiados peligros.

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