24 junio, 2012

Los chicos mayores.


Un día llegó a casa con las muñecas hinchadas. Mi madre se enfadó. No sé si fue a hablar con las otras madres. Algunos siempre fueron chicos duros. Hasta que crecieron. En el fondo eran juegos. Juegos duros. Seguro que propios del rol que nos había tocado. A mí también pero recuerdo que cuando hacíamos el pasillo para sacudir al que tenía que atravesarlo no golpeaba con saña. Aquel que regresaba en verano de aquella gran ciudad era un cabrón de primera. Se juntaba con su primo. A los pequeños, como a mí, nos disparaban con una escopeta pajarera. Sí, un día me alcanzó. Era un cabronazo que me caía fatal. Le tenía miedo. El balín impactó en mi calzona vaquera. No evitó hacerme una herida. Era un juego. Supongo. Un juego aprendido en la gran ciudad. Yo lloré pero no se lo conté a mi madre. La vida en el barrio era así.  Había otro que parecía todavía más bestia que el anterior. Era del barrio. También eran juegos, especialmente para él. Golpeaba cada vez que le venía en gana. Y dolía. Dolía bastante. Era el rol o que en su infancia más tierna lo había pasado realmente mal. No sé sabe. No lo sé. La vida en el barrio era así. Tener miedo a quien te zurraba era lo esperado. Tenerle respeto era otra cosa. No todos los mayores eran así. Detrás de la apariencia de chicos duros se escondía la ternura y la sensibilidad. Eran los que tenían otra actitud. Hace poco vi a uno de estos chicos aguerridos. Me pareció muy poca cosa.

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