27 marzo, 2011

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En el instituto el temor a leer era ya enfermizo. Marquitos palidecía pero seguía ahí, haciendo frente a la ruleta rusa. Ese profe nos caía muy bien. Nos hacía mucha gracia cuando escribía en la pizarra y se ponía hasta arriba de tiza. Solía llevar chapas dispares. Un día nos llamó la atención una chapa con una hoz y un martillo. Nos comentó que no la llevaba por nada en especial. Otro día podía llevar una chapa de la ONCE. Los viernes a última hora tocaba comentario de texto. El profesor sacaba un listado y al azar elegía a uno para que leyese. Esto casi siempre era así porque, en general, no había voluntarios para la lectura. La cara de Marquitos era de pánico. Nunca le tocó leer. Solo en el recreo, detrás del aula de exámenes, mientras compartíamos un bocadillo de tortilla, solo allí, se relajaba. Tito, otro amigo en común, también quitaba hierro al asunto hablándonos de las paráfraxis barbales.

Pánico auténtico. Pánico a que algún gilipollas de la clase se descojonase. Porque la gente se descojona de estas cosas. Ni los profesores se libran, por lo menos aquel que tuve en tercero de BUP. Recuerdo que las erres tampoco las pronunciaba bien y la peña se reía de lo lindo. A Marquitos, claro está, no le hacía ni puta gracia.

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