26 septiembre, 2008

Preventivo.

Es fiesta (él no lo sabe, celebran la Merced) pero yo no puedo salir al patio. Estoy castigado durante cinco días sin salir al patio. Me gustaría jugar al fútbol. Lo primero que respiro al entrar es violencia.
San Blas. Aldea Moret. “La ley innata” de Extremoduro. Andalucía. Hace unos días una persona muy conocida en Extremadura afirmaba que se comprometía a que la crisis no iba a afectar al gasto social. Es un gran alivio escuchar estas afirmaciones. Las cosas importantes de la vida, las más necesarias, las que más se valoran cuando las hemos perdido, no podrían soportar una nueva reducción presupuestaria. O a lo mejor, sí. Me suena todo bajo el arco detector. No tenemos pinta (nos dice un joven) y pasamos. Es curioso, el caballo continúa galopando a sus anchas. Muertos por sobredosis y entre rejas. Aquí dentro cobra todavía más sentido la reivindicación justa y racional de legalizar las drogas.
Casi doscientos enfermos mentales y personas con discapacidad. Algo debemos estar haciendo mal ahí fuera. Aquí nos llegan todos los casos. Sonríe mientras habla. La puerta de su despacho es de hierro. Todos los proyectos frustrados de la sociedad. Esos proyectos que no se ven afectados porque la crisis no afecta al gasto social. No hay crisis. En el gasto social no hay crisis. De hecho la crisis no existe. La química corre por la sangre. Bocas abiertas. Pupilas dilatadas. La baba. El sueño eterno. Me cuenta, pobrecito, que a las ocho de la tarde se acuesta. Ya emplea algunas palabras de la jerga carcelaria. Conmigo, era su habitación. Ahora, es su chabolo. Mi chabolo tiene una pequeñita ventana con rejas. Está ligeramente hinchado y desmejorado. En la cuenta de peculio solo tiene diez euros. Lo ha ingresado Cáritas. En lo social no hay crisis. No puede haber crisis. Rara casa en la que vivimos o en la que siento vivir. Primero se presupuestan los caprichos. Finalmente se presupuesta la sanidad y la Educación. Y escribo Educación con mayúscula. Porque con Educación no solo me refiero a la educación formal, reglada. La mejor forma de tratar con educación a nuestros mayores, por ejemplo, sería creando más residencias, más camas y todo público. No puede haber crisis si partimos de que lo social no está presupuestado como se merece. Podemos recortar más. Recortar más y crear en España la cárcel más grande de Europa. Una cárcel bioclimática. Una cárcel a la que irán a parar personas con discapacidad como preventivos, ya que, los pocos centros que hay especializados para estas personas están masificados. Aquí nos llega todo. Solo espero que nunca llegue la privatización de las cárceles. En los Estados Unidos hay muchas bocas que se alimentan gracias a las frustraciones en el trabajo social. Comerciales que venden suelos especiales para las duchas comunales o la última pócima de un laboratorio filántropo que erradica los trastornos de conducta. En la Comunidad de Madrid ya están dando algunos pasos. Todavía no tocan a las prisiones. Son unos pasos que nos acercan poco a poco a la privatización de la hasta ahora Sanidad Pública. Pero no hay crisis. En lo social nunca crisis.
Andalucía. “La ley innata” de Extremoduro. Aldea Moret. San Blas.
Es fiesta (él no lo sabe, celebran la Merced) pero yo no puedo salir al patio. Estoy castigado durante cinco días sin salir al patio. Me gustaría jugar al fútbol. Lo primero que respiro al entrar es violencia.
No hay desengaño.

09 septiembre, 2008

El propósito.

No suelo ir al teatro. Me gusta más el cine. El domingo pasado me invitaron a una representación teatral. Acepté la invitación. Viajé a Mérida. La tragedia no estaba incluida en el programa del festival de teatro clásico de Mérida. La obra, una adaptación de un clásico, se llamaba “El propósito”. La trama era sencilla. Un reino situado en un lugar indeterminado silencia a un pueblo. El fin: llevar a cabo unos fines macabros que llenarían de oro negro los sucios sueños de seres misteriosos con delirios de grandeza. El telón cayó y yo me metí de lleno en la obra. Los actores se mostraban desnudos e interpretaban muy bien el papel de la tragedia. El vestuario era previsible. Especialmente el de las mujeres. El escenógrafo no derrochó mucho talento. Me llamó la atención el modo de presentar a los reyes y a los traidores. Unas carrozas lujosas de metal hacían presencia en escena. A continuación los personajes ponían sus lustrosos zapatos en el suelo del reino venido a menos y miraban al vacío (en el vacío estaba el pueblo, una parte del pueblo, silenciado e ignorado). La luminotecnia cumplió con su trabajo. Unas simples luminarias o farolas presentaron a los rostros de la tragedia. Muecas horribles. Sonrisas forzadas. Graves errores heredados. Manos sucias pudiendo ser limpias saludando al vacío. Abrazos, apretones de manos y besos en la mejilla. La amistad enemiga. La ausencia de los valores más esenciales. La satisfacción del que se sabe ganador y tramposo sin escrúpulos. La satisfacción del que desconfía del personaje envidioso que le estrecha la mano sin quitar ojo de la ansiada poltrona. El público disfrutaba. La falta de originalidad era compensada con cierto derroche de imaginación. Momento dramático fue el de la condena. Varias personas que pertenecían a esa parte del pueblo representado en la obra fueron condenadas por manifestar que el rey andaba metido en asuntos turbios. La versión oficial puesta en boca de uno de los buzones del reino fue la siguiente: agredieron a mi señor mientras hacía sus quehaceres diarios, esto es, servir al desagradecido pueblo. El público nos emocionamos. A pesar de que sabíamos lo que había ocurrido en realidad (es todo un clásico el reprimir para silenciar) estábamos preocupados. Esa pequeña parte del pueblo representada en la obra no se podía permitir bajas. Y la represión es lo que tiene. Los siervos del reino venido a menos con sus mejores galas (insisto que el vestuario dejaba mucho que desear) apuestan firme y fuerte. Uno menos es uno menos. Pero la sorpresa es que las personas condenadas no se derrumban y lo dan todo, incluida su salud y su hogar, para demostrar su inocencia. Quizá este fue el momento más emotivo de la representación.

La tragedia tenía un buen ritmo. El drama no decaía. Me emocioné y me rompí la voz. Ha sido la primera obra de teatro a la que he asistido en la que el público ha interactuado tanto. Disfrutamos como niños y los niños disfrutaron como lo que son.

No me gusta desvelar el final de las historias. Hoy lo voy a hacer. Por lo tanto, los que no quieran conocer el final pueden cerrar los ojos o sentirse derrotados. El final es el siguiente: un ser abstracto aparece en escena. Después alguien me explicó que representaba la conciencia social y el sentido común. Con una especie de tijeras mágica corta unos hilos (son los hilos de los seres trágicos). Al no haber hilos, finalizan los movimientos mecánicos y dirigidos desde la oscuridad. Es el fin de las marionetas y de los proyectos macabros ajenos a nuestra realidad (a la realidad de esa parte del pueblo representada en la obra). A continuación todos los personajes quedan situados en un mismo nivel y se entienden con una misma palabra. El reino finaliza y reina el entendimiento. Nunca un baile final me supo también. El escenógrafo nos hace imaginar un horizonte azul. Me cuentan que es otra metáfora.

La obra traída a la realidad extremeña podría venir a decir lo siguiente: “Extremadura crece sin refinería y sin térmicas y puede crecer sin centrales nucleares”. Pero esto es una opinión gratuita. El resto es pura ficción. Aunque un día leí que la realidad supera a la ficción…

Salud y buena suerte.

La foto, un instante del público que asistimos a la representación.