11 noviembre, 2008

La cochinilla.

La cochinilla no estaba en la tierra. La cochinilla no estaba en el barro. Cuatro o cinco kilómetros por pistas de tierra. Al final llegamos al cortijo. Dicen que el tercer mundo está lejos de aquí. Puede ser. Hoy soy optimista pero lo que apareció ante mis ojos era pura miseria horrenda. Una miseria enquistada. Una miseria de las que duele en el alma. De las que molestan al respirar. Es lo que tiene el olor a mierda. El olor a miseria. Aquello estaba abandonado pero las aceitunas estaban recogidas. El cortijo no tenía apenas cubierta pero extrañamente había herramientas de trabajo. Escaleras y grandes cestos. Ni luz ni agua corriente. Seis euros recubiertos de mierda por recoger unas aceitunas. Contaban que desconocían el nombre del dueño del cortijo. Siempre le llamamos "jefe". El miedo siempre aparece allí donde la miseria es impuesta. La cochinilla no estaba en la tierra. En la tierra no estaba. La cochinilla estaba en la mala sangre del "jefe". Al regresar a Aldea Moret todo me olía cercano y sano. Duro viaje el del lunes. Para olvidar.

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